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domingo, 7 de octubre de 2012

Touraine, Alain


















Alain Touraine es un sociólogo a quien afectaron profundamente los sucesos de mayo de 1968 en París. Como profesor en la Universidad de Nanterre, Touraine vio que la acción política estudiantil en 1968 había dejado de ser una reacción, ya no estaba contenida en las formas políticas y las relaciones de poder existentes. Se había convertido en una forma de comportamiento diferenciada por su carácter transformador: unos aspectos fundamentales de la estructura social estaban en proceso de transformación debido a lo que Touraine llamaría un «movimiento social». Pese a sus numerosos estudios sobre obreros y estudiantes y un examen oportuno del sistema académico norteamericano, además de libros y artículos sobre Latinoamérica, la conceptualización y el estudio que hace Touraine constituyen, sin duda, el rasgo aislado más importante de su sociología de la vida política. El elemento clave del movimiento social es la acción: la acción contra el sistema social. Su ambición, especialmente en su obra más tardía, es demostrar que ese énfasis en la acción no tiene por qué conducir inevitablemente al voluntarismo o el individualismo. Ni uno ni otro ofrecen una percepción del sujeto de la acción.
Alain Touraine nació el 3 de agosto de 1925 en Hermanville-sur-Mer, Francia. Su padre era un médico que procedía de una larga línea de ejercicio de la medicina. Aunque iba destinado a una carrera académica al entrar en la École Normale Supérieure, donde obtuvo su agrégation, Touraine decidió romper con la tradición familiar después de la guerra y fue a trabajar en una mina de carbón en el norte de Francia. Esta experiencia alimentó su interés por la sociología y, en 1950, se asoció al sociólogo Georges Friedmann en el Centre National de la Recherche Scientifique (Centro Nacional de Investigaciones Científicas). El primer gran trabajo de investigación de Touraine fue un estudio del trabajo en la fábrica de coches Renault de París, y se publicó en 1955. Su siguiente libro importante, Sociologie de l'action, es de diez años después. En 1952 Touraine dejó Francia y fue a estudiar a Norteamérica con Talcott Parsons y Paul Lazarsfeid. También impartió clases en varias universidades norteamericanas, entre ellas UCLA. Ello le convierte en uno de los escasos sociólogos franceses con conocimiento de primera mano de la sociología norteamericana. En gran parte, la teoría de la acción social de Touraine es una crítica de la teoría del sistema social de Parsons. Desde 1960, Touraine es profesor en la École des Hautes Études en Sciences Sociales.
La experiencia de Touraine en mayo de 1968 le confirmó en la opinión de que una teoría rígida que concibe la sociedad como un conjunto orgánico y funcional, caracterizado esencialmente por su interés en reproducirse, era insuficiente. Porque no explicaba cómo se transformaban las sociedades, ni daba el peso debido a las diversas formas de acción social. Aunque se opone al primer Foucault y a versiones dogmáticas del estructuralismo, Touraine, en un estudio reciente sobre la modernidad (1), ha reconocido la importancia de las obras posteriores de aquél sobre la historia de la cárcel y la sexualidad, por haber reintroducido la materia en el estudio de la vida social.
Aunque Touraine destaca la importancia de la acción social, no se olvida, en absoluto, de los efectos de la estructura y la «historicidad» sobre los actores. La sociedad no se limita a ser el resultado de acciones o hechos aislados, que ella pone en su lugar. Al contrario, para que la acción produzca nuevos elementos de la estructura social (a través de la cual se reproduce la sociedad), debe trabajar a través y en contra de las instituciones existentes y las formas culturales relativamente permanentes. Por otro lado, sería difícil subestimar la importancia que Touraine otorga a la acción en la constitución de la sociedad. Para comprenderlo, no tenemos más que recordar el argumento planteado poco después de 1968 en La producción de la sociedad, donde Touraine afirma que la sociedad no es más que la acción social, porque «el orden social no tiene garantía metasocial de su existencia» (2). En sus trabajos de principios de los 70, Touraine sigue usando el término «sociedad» y la sociología sigue siendo el estudio de la sociedad, como había sido para Durkheim, pero con la variación de que ahora se considera que la sociedad es un sistema capaz de transformarse. Para Durkheim, en cambio, la sociedad era un sistema orgánico cuyo estado normal era de equilibrio. Más adelante, sobre todo en los años 80, Touraine pregunta si la sociología puede hacer justicia a las nociones de acción y transformación y seguir siendo el estudio de la sociedad. Su respuesta es que no puede, y que debe convertirse en el estudio del cambio a la luz de los avances en las ciencias naturales sobre aspectos como el sistema abierto. Más profundamente, desde el punto de vista de la sociología, Touraine afirma que la clase –como ejemplar de una serie de condiciones determinadas– debe dar paso al reconocimiento de que las acciones, y no las condiciones reconocidas, revelan las relaciones de dominación y subordinación y que, por tanto, la «clase», como categoría explicatoria, debe dejar paso al «movimiento social» (3). Sin embargo, esta atención al cambio no debe crear la opinión de que ya no existen problemas estructurales; la acción asume su verdadero significado sólo en relación con la estructura. Más exactamente, ¿cómo define Touraine la naturaleza de los «movimientos sociales»?
En primer lugar, vincula su análisis (4) a la designación de tres formas de conflicto social: 1) conducta colectiva defensiva, en la que podría exigirse una reforma concreta; 2) luchas sociales que pretenden modificar las decisiones, o incluso un sistema de decisiones; y 3) movimientos sociales. En el ejemplo de la fábrica, que Touraine da para ilustrar estas tres formas, la acción colectiva se manifestaría en la demanda de que las diferencias salariales entre personas con las mismas calificaciones queden abolidas. Se trata de una reforma concreta relacionada con una estructura ya existente. La lucha social se produciría si los trabajadores reclamaran un papel más importante en la toma de decisiones. Por último, el intento de provocar una transformación de las relaciones sociales de poder en la fábrica y, por tanto, en el conjunto de la sociedad, correspondería a la aparición de un movimiento social.
En general, un movimiento social es una fuerza activa, más que reactiva, a diferencia del comportamiento colectivo, que es siempre reactivo. Los movimientos sociales suelen luchar por el control de la «historicidad». Este término se refiere a las formas y estructuras culturales generales de la vida social. Si el término «sociedad» se refiere a la integración social, «movimiento social» implica una acción conflictiva que se opone a una forma existente de integración social. Ese desafío a la integración social actual no es, en absoluto, lo mismo que una crisis de la sociedad y el derrumbe de su organización. Por consiguiente, los cambios producidos por la acción social no pueden considerarse patológicos ni «disfuncionales», para utilizar los términos de Parsons. Una sociología de los movimientos sociales es, pues, muy diferente de un estudio de la sociedad como sistema orgánico en el proceso de evolución gradual de una a otra forma; por ejemplo, la evolución de la sociedad occidental de la tradición a la modernidad.
Una sociología que toma en serio el concepto de acción como base de la vida social considerará ahora que las clases sociales son actores, y no la mera concreción de una situación marcada por la tradición. Al contrario que Marx, Touraine afirma que no existe la clase por sí sola, porque no existe sin una conciencia de clase. «La clase social es la categoría en cuyo nombre actúa un movimiento» (5). Como ejemplo de movimiento social, Touraine señala el movimiento feminista. En él, el objetivo no es sólo reaccionar ante las desigualdades inexistentes apelando a los valores liberales, sino trabajar para cambiar las normas y los valores de la vida cultural y social. Con la eficacia del movimiento feminista se hace posible que los hombres asuman una posición distinta en el hogar y las mujeres tengan nuevas oportunidades en la vida pública. El movimiento de mujeres es ejemplar también porque no puede reducirse a ninguna forma política previa como un partido político. Un movimiento social siempre trasciende la política de partidos.
Para Touraine, el surgimiento de los movimientos sociales coincide con la desaparición de las sociedades muy estratificadas y jerárquicas. Ello no quiere decir que se haya logrado la igualdad total, sino que ha habido un enorme crecimiento de la clase media en las sociedades industrializadas de Occidente, y las barreras sociales se ven constantemente derribadas, precisamente, porque el tipo de formación social que se ve ahora puede intervenir para modificar su propia estructura. Junto a la desaparición de las sociedades de clases y jerarquías rígidas, se han desvanecido las condiciones objetivas que determinan la acción; por ejemplo, a la manera de la relación marxista entre infraestructura y superestructura. Dado que ahora la acción determina las condiciones, el sociólogo debe admitir que es imposible estudiar los movimientos sociales sin verse involucrado en ellos. Como dice Touraine, la fría objetividad no es capaz de entrar en contacto con el calor del movimiento social. La acción debe estudiarse desde dentro, pero ello no significa que el investigador adopte la ideología de los actores. Justo al contrario. El objetivo es llegar a una «inversión», que Touraine denomina «conversión». El investigador lo aplica, en primer lugar, a sí mismo, y después lo prueba con los actores, para aproximar al investigador y a los actores lo más posible, con el fin de extraer el máximo significado posible del conflicto.
Más recientemente (1992), Touraine ha renovado el estudio de la modernidad. Para empezar, ello ha supuesto un regreso a las definiciones predominantes de la modernidad, formuladas en los comienzos de la era moderna con Descartes y la Ilustración. Incluso en esta lectura, resulta claro para Touraine que la modernidad es esencialmente de orientación secular y excluye toda finalidad. Sin embargo, en su compromiso con el progreso, la modernidad no excluye un posible fin de la historia, pese a que dicha posibilidad parecería anulada por el predominio de la racionalidad instrumental. Esta última –la zweckrationnalität de Weber, o racionalidad de medios y fines– lleva a la valoración de los medios; los medios (tecnológicos, científicos, lógicos, etc.) se convierten en fines. La racionalidad instrumental predomina mientras siguen en vigor los valores de razón, libertad, método, universalismo y progreso de la Ilustración. Igualmente, el yo o individuo, concretado en el ciudadano, se convierte en el centro de la acción política y social y da a la era moderna su constitución histórica distintiva.
Con la llegada de la Escuela de Francfort, la obra del primer Foucault y, últimamente, los «postmodernos», la razón, tanto instrumental como universal, el sujeto, las ideologías y la noción de valores definitivos están sometidos a grandes presiones. Se considera que la modernidad produce las opresiones que está intentando superar; la razón instrumental parece engendrar una trivialización de la vida, y se ve al sujeto como el producto de la ideología, o de una configuración epistemológica concreta que ahora está a punto de desaparecer.
Como respuesta, Touraine afirma que la crítica no reconoce que la modernidad está dividida en contra de sí misma: es «autocrítica» y «autodestructiva». Los escritos de Nietzsche y Freud son la mejor prueba de esa división, los mismos textos que se han usado, con frecuencia, en la crítica de la modernidad, incluyendo las que están presentes en los textos postmodernos.  Además, y con especial referencia a la Escuela de Francfort –que, a su juicio, es insoportablemente elitista–, Touraine destaca que está muy bien denunciar la racionalidad tecnológica en nombre de un fin universal, pero que siempre existe el riesgo de que la empresa obtenga un resultado totalitario.  En cualquier caso, continúa,

La debilidad de nuestras sociedades no procede de la desaparición de los fines destruidos por la lógica interna de los medios técnicos, sino, por el contrario, de la descomposición del modelo racionalista, roto por la propia modernidad y, por tanto, por el desarrollo separado de la lógica de la acción, que ya no se refiere a la racionalidad: la búsqueda del placer, el nivel social, el beneficio o el poder (6).

En una reinterpretación de Freud, Nietzsche y, en menor medida, Foucault, Touraine halla el medio para un posible «reencantamiento» del mundo. Porque lo que hacen estos tres pensadores es elaborar una crítica casi incontestable, no tanto del sujeto como del «yo», la versión socialmente consagrada del sujeto. Es decir, tanto en su teoría como en su práctica, estos antimodernistas reconocen la singularidad que constituye el sujeto –el actor puro–, la entidad que no puede reducirse a una serie convencional de comportamientos o formas simbólicas.
Partiendo de esta revitalización del sujeto actuante, Touraine presenta asimismo un argumento apasionado en contra de la opinión de que la sociología es reductiva. Sobre todo, en las figuras de Nietzsche, Simmel y Weber, se está fabricando una sociología antiutilitaria. Las pistas que han lanzado están esperando a que alguien las recoja. Del mismo modo, en los textos que Foucault escribió sobre el sujeto hacia el final de su vida, Touraine detecta un giro respecto a la idea de que la subjetividad equivale a una forma de estar sometido a la idea de que el sujeto es capaz de transformarse a sí mismo. Existe la necesidad de «reinventar» la modernidad sobre la base de estas teorías dispersas. Existe la necesidad de encontrar un nuevo principio de integración social que no posea los aspectos negativos de la forma anterior de modernidad. Con la «nueva modernidad» de Touraine, el sujeto y la razón pasan a ser conductos para los aspectos más amplios de la existencia social («vida», «consumo», «nación» y «empresa»). En lugar de ser el principio unificador, como ocurría en la Ilustración, el sujeto es el testigo que «reconstruye el terreno cultural fragmentado» (7). Lejos de estar cerrado en sí mismo –como ocurre con el yo puramente narcisista–, el sujeto se convierte en el intento de unificar los deseos y las necesidades dentro de una conciencia que pertenece a la nación o la empresa. De una concepción centralizada del yo, pasamos a una concepción bipolar; ésa es la razón de que el sujeto no pueda reducirse a ninguno de los fragmentos de la totalidad social.
Sobre todo, Touraine desea reintroducir a un sujeto como actor y como movimiento, que sustituya, como determinante clave de la acción, a las nociones de clase y situación reconocida. La movilización de las convicciones, unida a aspectos morales y personales, sustituye a la importancia del lugar de trabajo y la dirección del partido en la política. En general, el objetivo es reinventar la esperanza, no en el sentido populista de reinventar los orígenes, sino en el sentido de la acción que produce la elaboración de nuevas formas sociales y la reproducción necesaria para la integración.
Toda valoración de la nueva modernidad de Touraine debe admitir que es un antídoto poderoso para el pesimismo a priori que, tan a menudo, caracteriza la experiencia llamada postmoderna. Del mismo modo, mediante minuciosa atención a los matices que separan el sujeto como actor del yo como reactor, Touraine ha logrado sacar a la luz los problemas de la acción y la libertad de una forma que, hace menos de una década, parecía escasamente creíble. La pregunta que se plantea todavía, teniendo en cuenta las hipótesis de Touraine, es cómo debemos entender el paso del yo normalizado al sujeto activo. ¿Cuál es exactamente el principio sobre el que reside este movimiento? ¿Es la teoría de Touraine la que ofrece la base para una nueva reflexividad? ¿O son las condiciones materiales; es decir, la propia acción?


NOTAS

1. Alain Touraine, Critique de la modernité, París, Fayard, 1992, páginas 198-201.
2. Alain Touraine, The Self-Production of Society, trad. de Derek Coltman, Chicago, University of Chicago Press, 1977, pág. 2. La edición francesa se titula Production de la société, París, Seuil, 1973. La traducción de production como «autoproducción» resulta confusa porque, en su obra posterior, Touraine se esfuerza por explicar que el «yo» es el producto de una forma social determinada, mientras que la acción hace referencia a un sujeto o una entidad caracterizados por una singularidad que no procede de las formas sociales.
3. Alain Touraine, «Is sociology still the study of society?», trad. de Johan Arnason y David Roberts, Thesis Eleven, 23 (1989), pág. 19.
4. Alain Touraine, «Social movements: Special area or central problem in sociological analysis?», trad. de David Roberts, Thesis Eleven, 9 (julio de 1984), páginas 5-15.
5. Ibíd., pág. 9.
6. Touraine, Critique de la modernité, págs. 125-126.
7. Ibíd., pág. 256.



PRINCIPALES OBRAS DE TOURAINE

L'Évolution du travail ouvrier aux usines Renault, París, CNRS, 1955.
Sociologie de l'action, París, Seuil, 1965.
Cartas a una estudiante, Barcelona, Kairós, 1977.
Movimientos sociales hoy, Barcelona, Hacer, 1990.
Crítica de la modernidad (1992), Madrid, Temas de Hoy, 1993.
¿Qué es la democracia?, Madrid, Temas de Hoy, 1994.


OTRAS LECTURAS

SCOTT, Alan, «Action, movement, and intervention: Reflections on the Sociology of Alain Touraine», Canadian Review of Sociology and anthropology, 2, 8 (febrero de 1991), págs. 30-45.

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