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martes, 30 de octubre de 2012

Saussure, Ferdinand de




Hasta 1960, pocas personas habían oído el nombre de Ferdinand de Saussure, dentro o fuera de los círculos académicos. Pero, a partir de 1968, la vida intelectual europea se llenó de referencias al padre de la lingüística y el estructuralismo. Que Saussure fue tanto un catalizador como un innovador intelectual se confirma porque la obra por la que es actualmente famoso fuera del campo de la lingüística –el Curso de língüística general– se recopiló a partir de tres series de apuntes de alumnos durante los años en los que impartió este curso en la Universidad de Ginebra, en 1907, 1908-1909 y 1910-1911. Da que pensar el hecho de que Saussure, lingüista y, para la comunidad académica más amplia y el público general, un oscuro especialista en sánscrito y lenguas indoeuropeas, se conviertiera en la fuente de innovación intelectual para las ciencias sociales y las humanidades. Indica que había ocurrido algo extraordinario en la historia del siglo xx, que un nuevo modelo de lenguaje basado en el método estructural de Saussure estaba apareciendo para convertirse en el modelo de teorización de la vida social y cultural. La teoría saussuriana tiene su base en la historia de la lingüística y sus repercusiones se extienden a todas las ciencias sociales. De modo que debemos examinar estos aspectos.
Saussure nació en Ginebra el 26 de noviembre de 1857, en el seno de una de las familias más conocidas de la ciudad, famosa por sus triunfos científicos. Fue contemporáneo directo de Émile Durkheim y Sigmund Freud, aunque hay pocas pruebas de que entrara jamás en contacto con ninguno de ellos. Tras un año insatisfactorio de estudios de física y química en la Universidad de Ginebra, en 1875, Saussure fue a la Universidad de Leipzig a estudiar lenguas. Después de dieciocho meses de estudiar sánscrito en Berlín, publicó, a los veintiún años, su aclamada mémoire, titulada Mémoire sur le système primitif des voyelles dans les langues indoeuropéennes (Memoria sobre el sistema primitivo de vocales en las lenguas indoeuropeas). Cincuenta años después de la muerte de Saussure, (ocurrida en Ginebra  el 22 de febrero de 1913) el famoso lingüista francés Émile Benveniste afirmaría, a propósito de esta obra, que fue un presagio de toda la investigación futura de Saussure sobre la naturaleza del lenguaje, inspirada por la teoría del carácter arbitrario del signo.
En 1880, después de defender su tesis sobre el caso genitivo absoluto en sánscrito, Saussure se trasladó a París, y en 1881, a los veinticuatro años, fue nombrado lector de alto alemán gótico y antiguo en la École Pratique des Hautes Études. Durante algo más de un decenio, Saussure enseñó en París, hasta que le nombraron profesor de sánscrito y lenguas indoeuropeas en la Universidad de Ginebra.
A pesar de la aclamación de sus colegas y de su dedicación al estudio del lenguaje, las publicaciones de Saussure empezaron a disminuir con el paso de los años. Según explicó, estaba insatisfecho con el carácter de la lingüística como disciplina –su falta de reflexión, su terminología (1)–, pero se sentía incapaz de escribir un libro que renovara dicha disciplina y le permitiera continuar con su trabajo de filología.
La obra tan famosa actualmente, Curso de lingüística general, compuesta por las notas de varios cursos de Saussure y los apuntes de sus alumnos, podría considerarse quizá un cumplimiento parcial de su opinión de que era necesario reexaminar el lenguaje en sí para trasladar la lingüística a una base más firme.
Dentro de la historia de la lingüística suele considerarse que el enfoque de Saussure, patente en el Curso, opuso dos influyentes opiniones contemporáneas sobre el lenguaje. La primera era la establecida en 1660 por la Grammaire de Port-Royal, de Lancelot y Arnauld, en la que se cree que el lenguaje es un reflejo de las ideas y se basa en una lógica universal. Para los gramáticos de Port-Royal, el lenguaje es fundamentalmente racional. La segunda opinión es la de la lingüística del siglo xix, en la que se pensaba que la historia de una lengua concreta explicaba el estado actual de dicha lengua. En este último caso, se creía que el sánscrito, el idioma sagrado de la antigua India, considerado el más antiguo de todos, era además el vínculo que conectaba a todas las lenguas, de modo que, en definitiva, el lenguaje y su historia se hacían uno. La tesis neogramática (así se llamó el movimiento) de Franz Bopp sobre el sistema de conjugaciones del sánscrito en comparación con otras lenguas (Über das Konjugations-system der Sanskritsprache (El sistema de conjugaciones de la lengua sánscrita) inició la lingüística histórica, y las primeras enseñanzas e investigaciones de Saussure no contradijeron la postura neogramática sobre la importancia esencial de la historia para entender la naturaleza del lenguaje. Sin embargo, el aspecto de la Mémoire que destacó Benveniste en el quincuagésimo aniversario de la muerte de Saussure –el papel de la arbitrariedad en la lengua– se siente con enorme fuerza en el Curso.
El enfoque histórico de la lengua y, en menor medida, el enfoque racionalista, suponen que el lenguaje es esencialmente el proceso de nombrar –asociar palabras a cosas, sean éstas, o no, imaginarias– y que existe cierto vínculo intrínseco entre el nombre y su objeto. Se creía que era posible determinar históricamente –o incluso prehistóricamente– por qué un nombre determinado llegaba a asociarse a un objeto o idea particular. Cuanto más nos remontábamos en la historia, más cerca estábamos, presuntamente, de llegar a la coincidencia entre nombre y objeto. Como decía Saussure, esta perspectiva supone que el lenguaje es, sobre todo, una nomenclatura: una colección de nombres para objetos e ideas.
¿Cuáles son, pues, los elementos clave de la teoría de Saussure, tal como se manifiestan en el Curso? Para empezar, Saussure traslada el centro de atención de la historia de la lengua, en general, al examen de la configuración actual de una lengua natural concreta, como el inglés o el francés. Con ello, la historia de la lengua se convierte en una historia de las lenguas, sin que haya un vínculo a priori entre ellas, como habían supuesto los lingüistas del siglo xix.
Centrarse en la configuración actual de (una) lengua es, automáticamente, centrarse en la relación entre los elementos de esa lengua, no en su valor intrínseco. La lengua, afirma Saussure, está siempre organizada de una manera concreta. Es un sistema, o una estructura, en la que ningún elemento tiene significado fuera de sus límites. En un fragmento muy enérgico e insistente del Curso, Saussure explica: «En el lenguaje [lengua] no hay más que diferencias. Aún más importante: una diferencia, en general, implica unos términos positivos entre los que se establece la diferencia; pero en el lenguaje existen sólo diferencias sin términos positivos» (2). Lo importante no es sólo que el valor o el significado se establezca a través de la relación entre un término y otro en el sistema de la lengua –de modo que, en el ejemplo usado por Saussure, se puede escribir «t» de diversas formas y entenderse siempre–, sino que los propios términos del sistema son producto de esa diferencia: no existen términos positivos anteriores al sistema. Ello quiere decir que una lengua existe como una especie de totalidad, o no existe en absoluto. Saussure emplea la imagen del juego de ajedrez para ilustrar el carácter diferencial del lenguaje. Porque, en el ajedrez, no sólo ocurre que la configuración actual de las piezas sobre el tablero es lo único que interesa al recién llegado (no sirve para nada saber cómo han llegado las piezas a esa colocación), sino que éstas podrían sustituirse por cualquier tipo de objetos (un botón podría reemplazar al rey, etc.), porque lo que constituye la viabilidad del juego es la relación diferencial entre las piezas y no su valor intrínseco. Concebir el lenguaje como un juego de ajedrez, en el que la posición de las piezas en un momento concreto es lo que cuenta, es verlo desde una perspectiva sincrónica. Por el contrario, dar prioridad al enfoque histórico –como hacía el siglo xix– es juzgar el lenguaje desde una perspectiva diacrónica. En el Curso, Saussure prefiere el aspecto sincrónico sobre el diacrónico porque ofrece una imagen más clara de los factores presentes en cualquier estado de la lengua.
Otro principio que tiene la misma importancia para captar la peculiaridad de la teoría de Saussure es el de que el lenguaje es un sistema de signos, y cada signo se compone de dos partes: un significante (signifiant) (palabra o pauta de sonido) y un significado (signifié) (concepto). A diferencia de la tradición en la que se educó, pues, Saussure no acepta que el vínculo esencial dentro del lenguaje sea el que existe entre la palabra y el objeto. Por el contrario, el concepto de signo de Saussure indica la relativa autonomía del lenguaje en relación con la realidad. Más fundamental aún es que Saussure enuncia lo que se ha convertido, para el público moderno, en el principio más influyente de su teoría lingüística: que la relación entre el significante y el significado es arbitraria. Partiendo de este principio, ya no se supone que la etimología y la filología revelen la estructura básica del lenguaje, sino que la mejor forma de captarla es entender cómo cambian los estados del lenguaje (es decir, las configuraciones o totalidades lingüísticas concretas). La postura «nomenclaturista» pasa a ser, así, una base totalmente insuficiente para la lingüística.
Quizá los términos que han provocado más dificultades conceptuales y atraído más críticas en relación con la teoría de Saussure son langue (el lenguaje natural particular, concebido como estructura o sistema) y parole (actos de habla individuales, o actos de lenguaje como proceso). Este par conceptual introduce la distinción entre el lenguaje que existe como una estructura más o menos coherente de diferencias y el lenguaje tal como lo practica la comunidad de hablantes. Aunque Saussure afirmó en el Curso que la estructura lingüística específica es distinta del habla y que la base del lenguaje, como hecho social, debe captarse exclusivamente en el plano de la estructura, también es cierto que nada entra en el ámbito de la estructura lingüística sin hacerse antes manifiesto en actos de habla individuales. Más importante, el grado de totalidad de la estructura sólo puede saberse con certeza si se conocen también todos los actos de habla. En este sentido, el ámbito de la estructura es siempre, para Saussure, más hipotético que el ámbito del habla. Sin embargo, todo depende de que se examine el habla desde un punto de vista individual y psicológico o centrándose en toda la comunidad de hablantes. En el primer caso, una cosa es concebir el lenguaje a través del habla del individuo como individuo; otra muy distinta es verlo a través de los actos de habla de toda la comunidad. El argumento de Saussure es que el lenguaje es fundamentalmente una institución social y que, por tanto, el enfoque individual resulta insuficiente para el lingüista.
El lenguaje está siempre cambiando. Pero no cambia a petición de los individuos; cambia con el tiempo independientemente de las voluntades de los hablantes. Desde una óptica saussuriana, el lenguaje forma a los individuos tanto como éstos forman el lenguaje, y el problema es si esta concepción podría tener repercusiones en otras disciplinas de las ciencias sociales. De hecho, así lo vieron los teóricos incluidos en la rúbrica del «estructuralismo» durante los años 60.
Con la aparición del modelo saussuriano en las ciencias humanas, el investigador trasladó su atención del hecho de documentar sucesos históricos o registrar los hechos de la conducta humana hacia el concepto de acción humana como sistema de significado. Ello fue consecuencia de subrayar, a un nivel social más amplio, el carácter arbitrario del signo y la idea correspondiente del lenguaje como sistema de convenios. Si bien, hasta entonces, se había llevado a cabo la búsqueda de hechos intrínsecos y sus efectos (por ejemplo, cuando el historiador suponía que los seres humanos necesitan alimentos para sobrevivir, del mismo modo que necesitan el lenguaje para comunicarse entre sí y, por consiguiente, los hechos se desarrollaron de esta manera), ahora el objeto de estudio pasa a ser el sistema sociocultural en un momento concreto de la historia. Se trata de un sistema dentro del cual está también inscrito el investigador, igual que el lingüista está comprendido en el lenguaje. De modo que el hecho de ser más reflexivo pasa a tener un interés esencial.
Para muchos autores, como el antropólogo Claude Lévi-Strauss, el sociólogo Pierre Bourdieu o el psicoanalista Jacques Lacan, como para Roland Barthes en la crítica literaria y la semiótica, las hipótesis de Saussure prepararon el camino inicial para un enfoque más riguroso y sistemático de las ciencias humanas, un método que intentase tomar verdaderamente en serio la prioridad del terreno sociocultural para los seres humanos. Igual que Saussure había destacado la importancia de no estudiar los actos de habla separados del sistema de convenios que les dan su vigencia. El foco del estudio es la sociedad o la cultura en un estado de desarrollo determinado, y no las acciones humanas particulares, pasadas ni presentes. Si la generación anterior (la generación de Sartre) había intentado descubrir la base natural (intrínseca) de la sociedad humana en la historia –del mismo modo que los lingüistas del siglo xix habían intentado revelar los elementos naturales del lenguaje–, los esfuerzos de la generación estructuralista se dirigieron a mostrar que las relaciones diferenciales de los elementos en el sistema –que podría ser una serie de textos, un sistema de parentesco o el medio de la fotografía de moda– producían un significado, o significados, y, por tanto, debían «leerse» e interpretarse. En otras palabras, se piensa que el estudio de la vida sociocultural implica descifrar los signos centrándose en su valor diferencial, no en su valor sustancial putativo (con frecuencia equiparado a «natural»), y prestando atención al plano sintomático de la significación, además del nivel explícito.
Así, pues, la estructura, inspirándose en la teoría del lenguaje de Saussure, puede referirse al «valor» de los elementos en un sistema, o contexto, y no sólo a su existencia física o natural. Ahora se comprende que la existencia física de una entidad es más compleja debido a las influencias del medio lingüístico y cultural. La estructura nos recuerda que ninguna cosa social o cultural (incluyendo, por supuesto, lo individual) existe como un elemento «positivo» y esencial aislado de todos los demás elementos. Este enfoque es el contrario del adoptado en la filosofía política de los siglos xviii y xix, donde se situaba al individuo biológico en el origen de la vida social. Y, del mismo modo que esta filosofía no creía que existiese ninguna sociedad antes que el individuo, también negaba la relativa autonomía del lenguaje.
Seguramente la principal objeción que puede hacerse a la traducción del énfasis de Saussure sobre la estructura al estudio de la vida social y cultural es que no deja espacio suficiente para la práctica y la autonomía individual. El hecho de concebir la libertad humana como un producto de la vida social, en vez de su origen o causa, ha causado que varios observadores consideren este enfoque muy limitado. Una consecuencia de la estructura sería la tendencia conservadora que niega la posibilidad de cambio. Aunque éste sigue siendo un problema sin resolver, quizá es importante admitir la diferencia entre la libertad del individuo hipotético (cuya mera existencia social equivaldría a limitar la libertad) y una sociedad de individuos libres, en la que la libertad sería resultado de la vida social entendida como una estructura de diferencias. O podríamos decir, más bien, que quizá los investigadores deberían empezar a explorar la idea de que, para parafrasear a Saussure, la sociedad es un sistema de libertades sin términos positivos. En esta interpretación, no existiría ninguna libertad esencial o sustancial, ninguna libertad encarnada en el individuo en estado natural.



NOTAS

1. Cfr. «Cada vez soy más consciente de la inmensa cantidad de trabajo que requiere mostrar al lingüista lo que está haciendo... la total insuficiencia de la terminología actual, la necesidad de reformarla y, para ello, demostrar qué tipo de objeto es el lenguaje, disminuyen continuamente mi placer en la filología», Ferdinand de Saussure, carta del 4 de enero de 1894, en «Lettres de F. de Saussure à Antoine Meillet», Cahiers Ferdinand de Saussure, 21 (1964), pág. 95, citado en Jonathan Culler, Ferdinand de Saussure, Ithaca, Nueva York, Cornell University Press, 1986, pág. 24.
2. Ferdinand de Saussure, Cours de linguistique générale, ed. de Tullio de Mauro, París, Payot, 1976, pág. 166. Ed. inglesa, Course in General Linguistics, trad. de Wade Baskin, Glasgow, Fontana/Collins, 1974, pág. 120.



PRINCIPALES OBRAS DE SAUSSURE

Cours de linguistique générale, ed. crítica de Tullio de Mauro, París, Payot, 1976.
Cours de linguistique générale, 2 vols., ed, crítica de Rudolf Engler, Wiesbaden, O. Harrassowitz, 1967-1974.
Curso de lingüística general, Madrid, Alianza, 1994.



OTRAS LECTURAS

BENVENISTE, Émile, «Saussure after half a century», en Problems in General Linguistics, trad. de Mary E. Meck, Miami Linguistics Series núm. 8, Coral Gables, Florida, University of Miami Press, 1971, págs. 29-40.

CULLER, Jonathan, Ferdinand de Saussure, Ithaca, Nueva York, Cornell University Press, 1986.

GADET, Françoise, Saussure and Contemporary Culture, trad. de George Elliott, Londres, Hutchinson Radius, 1989.

HARRIS, Roy, Reading Saussure: A Critical Commentary on the Cours de linguistique générale, Londres, Duckworth, 1987.

HOLDCROFT, David, Saussure: Signs, System and Arbitrariness, Cambridge, Cambridge University Press, 1991.




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