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domingo, 7 de octubre de 2012

Baudrillard, Jean



 
Reims, Francia, 1929. Aprende de niño el alemán, idioma que enseña en el Liceo y del que traduce a Brecht y a Peter Weiss, entre otros. En 1966 defiende su tesis doctoral de Sociología en la Universidad de Nanterre, sede clave del movimiento de Mayo de 1968. Es justamente en ese año cuando Baudrillard comienza a publicar. Posteriormente permanece enseñando en Nanterre, hasta su retiro. Actualmente continúa dando seminarios fuera de la universidad.

El pensamiento de Jean Baudrillard parte de autores como Nietzsche y Hölderin, de Sartre y Barthes, más que de la filosofía tradicional, con la que casi no tiene filiación. Su pensamiento enlaza, de modo diferente al que estamos acostumbrados, el sentido de las cosas y de nuestras sociedades contemporáneas. Por eso su obra es tanto extrasociológica como extrafilosófica, y difícil de clasificar por su originalidad. Podemos distinguir, de un modo provisional, dos etapas teóricas en el pensamiento de Baudrillard. Los libros inaugurales de cada una de ellas son El sistema de los objetos y De la seducción.
            Su comienzo está aún ligado a un tipo de búsqueda sociológico-crítica: se trata de una teoría del sistema de los objetos y de su sentido más allá de lo utilitario, una teoría del consumo como patrón moral de nuestras sociedades, y una revisión fuertemente crítica del marxismo que toma cuerpo en una reflexión acerca de la teoría de las necesidades como espejismo bajo el cual piensa la economía política.
            El análisis de los objetos de consumo lleva a Baudrillard a ocuparse de la idea de producción, apostando a que ésta produce signos más que mercancías, habiendo perdido el sentido y la racionalidad de sí misma: no sabemos para quién ni para qué producimos. El pensamiento de la economía política es arbitrario, incluso el concepto de trabajo ha perdido toda equivalencia entre salario y actividad.
            Tras la crisis de la producción, de la infraestructura económica, quedan también arrastradas las antiguas superestructuras: lo político y lo social. Las masas son una forma de agujero negro, lejos de obedecer las leyes de lo político, lo absorben, no siendo ya representables por ningún sistema. El silencio de las masas no es apático, sino entrópico, implosivo, del mismo modo que el silencio del objeto es irónico y no falto de contenido.
            Las sociedades actuales han perdido lo simbólico como forma de intercambio social, a la luz del valor y de la ley. La muerte misma ha perdido su forma simbólica bajo el peso de la ciencia que busca simplemente exterminarla. Vivir se ha tornado un proceso de acumulación. De esta forma se nos ha expropiado la muerte simbólica y se nos condena a la muerte "natural". Hemos desocializado la muerte convirtiéndola en un mero acontecimiento de fatalidad individual. La muerte es censurada y cumple hoy el papel pornográfico que cumplía el sexo en otras épocas.
            Lo simbólico es desterrado también de los suburbios de la muerte: en la vejez, la enfermedad y la inmortalidad, que han perdido su posibilidad de intercambiarse socialmente, siendo formas acorraladas por el imperio esquizofrénico de la normalidad-anormalidad.
            Frente al pensamiento de la producción aparece en Baudrillard el corazón de su reflexión: el pensamiento de la seducción. El mundo no estaría ligado por encadenamientos productivos, sino seductivos. Es un desafío que se opone a las finalidades visibles de la producción y de lo real. Es un mundo en el que los referentes se han volatilizado, los signos han saltado más allá de su significación presuntamente objetiva. Baudrillard opone el mundo encantado de la seducción al desencantado de lo real. La seducción también funciona como agujero negro de toda verdad, de toda linealidad; está más allá del principio de realidad.
            La irrealidad moderna es del orden del máximo de referencia, de exactitud, de verdad. Es lo que Baudrillard denomina hiperrealismo, luz que acosa a la seducción a fuerza de visibilidad. Siempre se nos ofrece de más: más fidelidad, más relieve, graves y agudos de la vida. Uno no tiene nada que añadir; al darnos siempre un poco más, la sociedad moderna nos suprime todo. Extremando, llevando las cosas y las ideas a su término, se las ex-termina.
            La seducción es más fuerte que el poder porque es reversible. Mientras que el poder se quiere a sí mismo irreversible como el sentido, la verdad y el tiempo, la seducción sabe que es reversible como un ciclo, no es acumulativa ni lineal, sino oblicua. Baudrillard busca siempre la curvatura de las cosas, nunca su perfil real.
            Lo real es un principio, un agrupamiento arbitrario de signos que angosta el ámbito de las apariencias. Es una forma de cristalización de las apariencias puras, un intento de captura del significado del signo. Pero la seducción funciona respetando la multiplicidad del signo más que asignándole un significado o un referente. La seducción está más allá del desvelamiento, no es una forma manifiesta de un contenido latente, no tiene psicoanálisis posible. Es el secreto puro, sin verdad, aguardando más allá, sin velo y sin desciframiento.
            Todos estos conceptos son válidos también para la simulación, que es la forma desencantada de la seducción. El simulacro no es una superposición sobre lo real que un día será desvelado. Es una forma pura e inmanente. Éstos son precisamente los abismos superficiales, el antiplatonismo total, es decir, la anulación de una superficie y un fondo, de una apariencia y una verdad.
            La seducción supone la rotura del axioma de la coherencia en el ámbito de la discursividad lógica del mundo. Pero inaugura otra coherencia que no opera encadenada, sino imantada. Es el rescate de la apariencia, la reivindicación de lo horizontal frente a lo vertical. No es el desorden absoluto, sino una manera de pensar el orden no legislada por nuestra forma binaria de pensar el mundo, es un orden de inclusión más que de exclusión, una subversión y una abolición del estilo expulsivo de la identidad. Es lo dual frente a lo dialéctico: no es una estrategia de oposición dialéctica entre las cosas, sino una estrategia de reversibilidad de las cosas. En suma, es la apuesta por la mutación de los signos más que por su irreductibilidad. Lo femenino, por su parte, es para Baudrillard el prototipo de la seducción, aquello que desafía el orden falocrático de la ley. Lo femenino absorbe la ley, es el sortilegio que vulnera y subvierte el orden masculino del sentido.
            Baudrillard opone las estrategias banales a las estrategias fatales. La diferencia entre una teoría banal y una fatal radica en que en la primera el sujeto se cree más astuto que el objeto y en la segunda es el objeto el que es más maligno, más genial y cínico que el sujeto. Lo real en este sentido se sutiliza siempre a una velocidad mayor que la teoría que intenta aprehenderlo.
            Sin que casi lo hayamos advertido, ha caído una bomba neutrónica sobre el sentido de las cosas. Baudrillard advierte una rotura en la comprensión tradicional del acontecimiento, en el cual la causa precede al efecto. Los efectos se han independizado de sus causas, los acontecimientos se han despegado de un presunto origen y son un puro encadenamiento fatal, ajeno al sujeto y a su voluntad.
            La postura de Baudrillard nada tiene que ver con el nihilismo; al contrario, es simplemente colocar el goce y la fascinación del lado del objeto, pasando de la subjetividad radical a la objetividad radical. Y no se trata de un objeto subjetivizado, ya que la regla de juego del objeto no es descifrable, no es una estrategia desdoblada ni tiene finalidad alguna. Es la pura fatalidad, estrategia superficial sin dirección ni punto de apoyo.
            Nuestras sociedades han llegado al éxtasis, a la saturación, al fin, por multiplicación enloquecida de signos. En este sentido, el cáncer es para Baudrillard la enfermedad que simboliza la patología contemporánea: degeneración por proliferación, muerte por exceso.
            Con el correr de su obra, la escritura de Baudrillard se va haciendo progresivamente más leve y a la vez compacta, los silencios entre las frases se tornan explosivos, su escritura es el reverso de una escritura explicativa, demorada, que da cuenta de cada uno de sus pasos. De muchos de sus párrafos podrían desarrollarse libros enteros. Esto obedece a su estrategia de no acumulación, de no hacer un repertorio de conceptos, sino de borrar sus propias huellas tras su paso.
            De la seducción y Las estrategias fatales son libros que inauguran una modalidad menos teórica, más intensa y fragmentaria de la obra de Baudrillard, en la que incluso se entreteje su propia vida. Esta modalidad se ve coronada por la publicación de ambas Cool Memories (1987 y 1990), memorias no agitadas, cool, con ingredientes objetivos más que subjetivos. No son diarios íntimos, sino un espionaje en el tejido de los acontecimientos. Sin duda es posible advertir hebras de su vida personal, pero siempre en función de la totalidad de la trama.
            Esta etapa supone un salto de la indiferencia teórica a la indiferencia del objeto. Pero en esta última no hay escena desdoblada, no hay escena crítica, hay una inmersión total en los conceptos mismos que su teoría había creado, una suerte de materialización -sin duda también irónica- de aquello sobre lo que él había insistido en la teoría. Esta coherencia involuntaria entre su vida y su obra es una modalidad de verificación de su teoría que opera de modo inverso al de verificación por experimentación del sujeto: parece haber sido su teoría, autonomizada, la que abordó finalmente su vida para verificarse en ella de modo fatal.
            Estamos entrando en una forma regresiva del tiempo, en la retroversión de la historia. El fin de la historia es una ilusión, dice Baudrillard, sin polemizar con Fukuyama, ya que hablan desde paradigmas absolutamente distintos. La historia se mueve ahora en un espacio no euclidiano en el cual el fin no es alcanzable. El fin es sólo alcanzable interpretando la historia dentro de una linealidad causal y dentro de una continuidad. Esto es precisamente lo que se ha roto para Baudrillard, y todos los restos de la historia han pasado a reciclarse sin fin.
            Un signo del agotamiento y de la falta de inspiración e innovación de nuestra cultura es su pasión por el duelo, la conmemoración y el revisionismo. Se defiende la cultura como un objetivo perdido. Baudrillard no se reivindica a sí mismo ni a esta cultura como postmoderna, otro concepto de circulación acelerada absolutamente vacío de sentido. ¿De qué post puede hablarse, por otra parte, cuando se ha criticado la linealidad del tiempo?.
            Casi ninguna expresión de Baudrillard es abordable o legible desde la óptica “realista” del mundo. La racionalidad puramente realista es la forma rígida de la inteligencia, la línea muerta de su encefalograma. La guerra del Golfo no ha tenido lugar no quiere decir que no haya habido muertos, sino que el aparato virtual de la comunicación que rodeó este espectáculo, como una superproducción, desbordó la realidad de la guerra y tampoco generó un nuevo orden mundial, tal como se le atribuye. En La ilusión del fin, Baudrillard nos dice que si estamos frente a una “huelga de los acontecimientos”, expresión que toma de Macedonio Fernández, no quiere decir que no se produzcan acontecimientos, sino que su sentido está en suspenso. Todo acontecimiento está bajo el principio de incertidumbre, en términos de significación.
            La última línea de trabajo de Baudrillard es la ilusión, no sólo del fin de la historia, sino del mundo, algo ya presente en su pensamiento sobre la seducción. Pero ni la seducción ni la ilusión deben entenderse como errores de percepción ni como formas de la imaginación. El mundo es una ilusión radical. Lo real no es más que un desvirtuamiento de esta ilusión que antecede a todas las formas de producción del sentido.

Enrique Valiente Noailles.


Bibliografía:  

Le Système des Objets, 1968 (trad. esp., El sistema de los objetos, 1969). 
La Societé de consommation: ses mythes, ses structures, 1970. 
Pour une critique de l'Economie Politique du Signe, 1972 (trad. esp., Crítica de la economía política del signo, 1974). 
Miroir de la Production ou l'illusion critique du Matérialisme Historique, 1973 (trad. esp., El espejo de la producción, 1980). 
L'Echange Symbolique et la Mort, 1976 (trad. esp., El intercambio simbólico y la muerte, 1979).
Oublier Foucault, 1977 (trad. esp., Olvidar a Foucault, 1978). 
L'Effet Beaubourg: implosion et dissuasion, 1977 (trad. esp., El efecto Beaubourg, en Cultura y Simulacro, 1978). 
L'Ange de Stuc: Poèmes, 1978. 
A l'Ombre des Majorités Silencieuses, 1978 (trad. esp., A la sombra de las mayorías silenciosas, 1978). 
Le PC ou les paradis artificiels du politique, 1978. 
Simulacres et Simulation, 1978. 
De la Séduction, 1979 (trad. esp., De la seducción, 1981). 
Les Stratégies Fatales, 1983 (trad. esp., Las estrategias fatales, 1984). 
Please follow me, 1983. 
La Gauche Divine: Chronique des Anées 1977-1984, 1984 (trad. esp., La izquierda divina, 1985). 
Amérique, 1986 (trad. esp., América, 1987). 
Cool Memories: 1980-1985, 1987 (trad. esp., Cool Memories, 1989). 
L'Autre par lui-même, 1987 (trad. esp., El Otro por sí mismo, 1988). 
Cool Memories II: 1987-1990, 1990. 
La Transparence du Mal: essai sur les phénomènes extrèmes, 1990 (trad. esp., La transparencia del mal: ensayo sobre los fenómenos extremos, 1991). 
La Guerre du Golfe n'a pas eu lieu, 1991 (trad. esp., La guerra del Golfo no ha tenido lugar, 1992). 
L'Illusion de la fin ou la grève des événements, 1992 (trad. esp., La ilusión del fin o la huelga de los acontecimientos, 1993). 
La pensée radicale, 1994. 
Le crime parfait, 1995, (trad. esp., Crimen perfecto, 1996).








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