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miércoles, 7 de noviembre de 2012

Lyotard, Jean-François (2)




Jean-François Lyotard nació el 10 de agosto de 1924 en Versalles y murió en París  el 21 de abril de 1998. Durante diez años, hasta 1959, enseñó filosofía en escuelas de segunda enseñanza y, más tarde, fue profesor de filosofía en la Universidad de París VIII (Saint-Denis), puesto en el que permaneció hasta su jubilación, en 1989. Entre 1956 y 1966, Lyotard estuvo en el comité editorial de la publicación socialista Socíalisme ou barbarie y el periódico socialista Pouvoir ouvrier. Además de oponerse activamente al gobierno francés a propósito de la guerra de Argelia, Lyotard participó en los sucesos de mayo de 1968.
Si bien durante los años 50 y 60 fue un activista político de tendencia marxista, en los 80 Lyotard se convirtió en el filósofo no marxista de la postmodemidad. Ésta señala una separación fundamental del tipo de pensamiento totalitario que representa (aunque no sólo) el marxismo. Antes de la aparición del que es, probablemente, su libro de filosofía más importante –Le différend: Phrases en dispute (La diferencia)–, Lyotard ya había indicado este cambio de dirección filos6fica tanto en su tesis doctoral, Discours, figure (Discurso, figura) como en Economie libidinale. Esta última obra pretende escapar de la "frialdad" teórica del marxismo mediante la economía de la energía de la libido y la noción del proceso primario en Freud. Ahora, la economía de la libido se convierte en la base de lo político, sustituyendo a la economía política. Esta ruptura radical con el marxismo, en Economie libidinale, se matiza mucho más en la filosofía del postmodemismo.
Pese a lo prolífico de su producción en años recientes, sobre todo en el campo de la estética, casi todo el pensamiento genuinamente innovador (o experimental) de Lyotard –y, desde luego, el pensamiento por el que ha adquirido fama– se reúne en sólo dos libros: La condición postmoderna y La diferencia.
  La condición postmoderna, escrita como un informe sobre el conocimiento para el gobierno de Quebec, examina el conocimiento, la ciencia y la tecnología en las sociedades capitalistas avanzadas. Aquí se cree que el concepto de sociedad como forma de "unicidad" (como en la identidad nacional) está perdiendo credibilidad. La sociedad como algo único, se conciba como un conjunto orgánico (Durkheim) o como un sistema funcional (Parsons), o como un conjunto fundamentalmente dividido, formado por dos clases opuestas (Marx), ya no es creíble debido a la creciente "incredulidad respecto a" las "metanarrativas" legitimadoras. Dichas metanarrativas (por ejemplo: toda sociedad existe para bien de sus miembros; el conjunto une las partes; la relación entre las partes es justa, o injusta, dependiendo de la situación) ofrecen una teleología que legitima el vínculo social y el papel de la ciencia y el concimiento en relación con él. Es decir, una metanarrativa suministra un propósito "creíble" para la acción, la ciencia o la sociedad en general. En un plano más técnico, una ciencia es moderna si intenta legitimar sus propias normas mediante la referencia a una metanarrativa, o sea, una narrativa exterior a su propia esfera de competencia.
  Dos metanarrativas influyentes son la idea de que el conocimiento se produce por sí mismo (típica del idealismo alemán) y la de que el conocimiento se produjo para un pueblo sometido que buscaba la emancipación. Por otro lado, la postmodernidad implica que hay oposición a esos objetivos del conocimiento y que, además, no existe ninguna prueba definitiva para sentar las disputas en relación con ellos. En la era de los ordenadores, cuando se advierte que la complejidad está en aumento, la posibilidad de que haya una sola justificación, incluso dos, para el conocimiento o la ciencia, se vuelve remota. Anteriormente, la fe en una narrativa (por ejemplo, las doctrinas religiosas) habría resuelto la posible dificultad. Desde la Segunda Guerra Mundial, las técnicas y las tecnologías, tal como anticipaba Weber, han "trasladado el énfasis de los fines de la acción a sus medios" (1). Al margen de que la forma de unificación narrativa sea de tipo especulativo o emancipador, la legitimación del conocimiento no puede ya depender de una narrativa grandiosa., de modo que la ciencia se entiende mejor, actualmente, con arreglo a la teoría del "juego lingüístico" de Wittgenstein.
Un juego lingüístico significa que ningún concepto ni teoría podría capturar adecuadamente el lenguaje en su totalidad, aunque sólo sea porque el intentarlo constituye, ya en sí, su propio juego lingüístico concreto. Una vez más, pues, las narrativas grandiosas ya no tienen credibilidad, porque forman parte de un juego lingüístico que, a su vez, es parte de múltiples juegos lingüísticos. Lyotard ha escrito sobre el discurso especulativo como juego lingüístico, un juego con reglas específicas que pueden analizarse en función de cómo se deban vincular las afirmaciones entre sí.
Por consiguiente, la ciencia es un juego lingüístico con las siguientes reglas:

1.     Sólo son científicas las afirmaciones denotativas (descriptivas).
2.     Las afirmaciones científicas son muy diferentes de las que (se ocupan de los orígenes) constituyen el vínculo social.
3.     Sólo se requiere competencia por parte de quien emite el mensaje científico, no por parte de quien lo recibe.
4.     Una afirmación científica existe sólo dentro de una serie de afirmaciones a las que dan validez los argumentos y las pruebas.
5.     Teniendo en cuenta (4), el juego lingüístico científico exige estar al tanto del estado actual de los conocírnientos científicos. La ciencia ya no necesita una narrativa para su legitimación, porque las normas científicas son inmanentes a su juego.

Para que la ciencia "progrese" (es decir, para que se acepte un nuevo axioma o afirmación denotativa), cada científico o grupo de científicos debe obtener la aprobación de todos los demás científicos en su campo. Y, a medida que el trabajo científico se hace más complejo, también lo hacen las formas de probar; cuanto más compleja la prueba, más compleja la tecnología necesaria para lograr niveles de validez aceptados generalmente. La tecnología, esencial para entender la forma del conocimiento científico en la sociedad del último cuarto del siglo xx, se rige por el principio del rendimiento óptimo: máxima producción con mínimo esfuerzo. Lyotard lo llama el principio de "performatividad", y domina el juego lingüístico científico precisamente porque un descubrimiento científico requiere una prueba que cuesta dinero. La tecnología pasa a ser la fonna más eficaz de obtener una prueba científica: "se establece, pues, una ecuación entre riqueza, eficiencia y verdad" (2). Aunque pueden seguir ocurriendo descubrimientos "arriesgados" (en los que la tecnología es mínima), ésta suele vincular la ciencia con la economía. Aunque sigue siendo posible la investigación barata y pura en búsqueda de la verdad, la investigación costosa se está convirtiendo en la norma; y ello significa conseguir apoyo financiero. Para obtener financiación es preciso justificar la importancia a largo plazo de la investigación, lo que sitúa la investigación pura bajo los auspicios del juego lingüístico de la performatividad.
Una vez que predomina esta última, la verdad y la justicia suelen ser resultado de la investigación con más fondos (con más fondos, es decir, más convincente); "al reforzar la tecnología se 'refuerza' la realidad, y las posibilidades de ser justo y acertado aumentan de forma correspondiente" (3). Y, si quienes tienen dinero para financiar la investigación tienen también poder (y tienen poder, según Lyotard, porque se aprovechan de la investigación), la era postmoderna sería aquella en la que el poder y el conocimiento entran en contacto mutuo como nunca antes.
Por otro lado, la performatividad puede permanecer en una posición de hegemonía en el juego lingüístico científico sólo si se deja de lado la cuestión de su legitimidad. Esto resulta fácil si dicha cuestión es lo mismo que la pregunta ¿qué es la ciencia? Sin embargo, una vez que la performatividad de la pregunta se plantea, aparece el límite de la racionalidad performativa, en la medida en que la performatividad no puede justificarse sino mediante una metanarrativa.
Teóricos de sistemas como Luhmann proponen que la performatividad es la base sobre la que se sostiene el sistema (social), tras el desencanto del mundo producido por la ciencia y la tecnología. Como se considera que el sistema perfecto es el más eficiente, el objetivo es eliminar todas las disfunciones. Para el teórico de sistemas, los seres humanos son parte de un sistema homogéneo, estable, teóricamente cognoscible y, por tanto, predecible. El conocimiento es el instrumento para controlar ese sistema. Incluso aunque todavía no exista el conocimiento perfecto, la ecuación "cuanto más grande es el conocimiento, más grande el poder sobre el sistema" es, a su juicio, irrefutable.
En cambio, Lyotard demuestra que la teoría de sistemas está situada dentro de una epistemología modernista. Porque, en los propios términos del sistema como performatividad, el control a través del conocimiento disminuye su rendimiento, ya que la incertidumbre no se reduce, sino que se incrementa con el conocimiento (cfr. Heisenberg). Ahora está constituyéndose un nuevo paradigma postmoderno, que subraya la impredecibilidad, la incertidumbre, la catástrofe (como en la obra de René Thom), el caos y, sobre todo, la paralogía, o disenso. Este último desafía las reglas del juego. La paralogía se hace imposible cuando se retira el reconocimiento y se niega la legitimación a nuevos movimientos dentro del juego. Silenciar –o eliminar– a un jugador equivale a un acto terrorista. La idea de ser incapaces de presentar una postura que difiera de las normas predominantes de argumentación y validación ofrece un punto de transición adecuado para la obra posterior de Lyotard, La diferencia.
Como si hubiera comprendido los aspectos políticos que estaban en juego –sobre todo en relación con la justicia–, Lyotard pasa a desarrollar su filosofía del diferendo, la verdadera base filosófica de La condición postmoderna, que es una obra más sociológica. El diferendo es el nombre que da Lyotard al hecho de silenciar a un jugador en un juego lingüístico. Existe cuando no hay procedimientos reconocidos para presentar lo que es diferente (tanto si es una idea como un principio estético o una reivindicación) en el área actual de discurso. Se ve de forma muy gráfica cuando los historiadores revisionistas se niegan a admitir la existencia de las cámaras de gas nazis a menos que se pueda llevar a una víctima como testigo. Para ser una víctima, es preciso haber muerto en las cámaras. Muchos historiadores se han mostrado comprensiblemente indignados por este uso pervertido de las reglas de la evidencia, y hablan de la mala fe de quienes lo llevan a cabo. Lyotard, por el contrario, subraya que el problema surge porque se ha invertido demasiado esfuerzo en lo que no es más que una historiografía empiricista. Ésta supone que la mera existencia del referente (por ejemplo, las cámaras de gas) es suficiente para aceptar como cierta una frase cognoscitiva (por ejemplo, "las cámaras de gas existieron"). También acepta que este principio de la prueba que deriva de la simple existencia del referente tiene validez universal. Se cree que la prueba tiene validez universal porque se considera que la realidad es un universo (una totalidad) que puede representarse o expresarse en forma simbólica. Sin embargo, ni siquiera en la física existe un universo que pueda ponerse por completo en forma simbólica. Más bien, se puede demostrar rápidamente que cualquier afirmación con pretensiones de universalidad es sólo parte del universo que asegura describir.
  Para Lyotard, es necesario adoptar un enfoque regional, y no universal, para abordar las cuestiones de historia, política, lenguaje, arte y sociedad. En vez de hablar de juegos lingüísticos, en La diferencia, Lyotard habla de "regímenes de frases" y "géneros de discurso".  Como los juegos lingüísticos, los regímenes de frases poseen sus reglas constituyentes, y cada frase presenta un universo. Por tanto, no hay un universo único, sino universos plurales. Un régimen de frases presenta un universo oracional, o tipo de frase: prescriptiva, ostensiva, performativa, exclamativa, interrogativa, imperativa, evaluativa, nominativa, etc. Un género de discurso intenta dar unidad a una colección de frases. Es preciso invocarlo para identificar un régimen de frases, porque éstas pueden citarse e imitarse. Una frase cognitiva (factual) en una obra de ficción no es lo mismo que la frase cognitiva de un historiador. Como el género de la historiografía ha intentado combinar la historia y el género cognitivo, ha permitido que Faurisson –historiador revisionista– elabore un argumento contra la existencia de las cámaras de gas. Logra restar validez a los procedimientos del género histórico porque, en dicho género, se ha asegurado que la historia sólo se ocupa de lo que se puede conocer a través de una frase cognitiva. En pocas palabras, las frases cognitivas se ocupan solamente de lo determinable; lo que es imposible de conocer y lo indeterminado están fuera de su alcance. Igual que la ciencia es inseparable de las condiciones de la prueba (no es una mera información sobre la realidad), así las normas para establecer la realidad del referente determinan el "universo de frases cognitivas", "donde la verdad y la falsedad están en juego" (4). Las afirmaciones veraces no surgen automáticamente como resultado de la simple existencia del referente. Por eso habrá, no sólo desacuerdos sobre la verdadera naturaleza de este último, sino afirmaciones de quienes (de mala fe) se niegan a aceptar que haya adhesión a las reglas del juego, o que las interpretan de un modo que les permite subvertirlas; por ejemplo, afirmando que sólo puede ser testigo una persona muerta.
La posibilidad de esta subversión de lo cognitivo genera el diferendo. Su existencia no puede establecerse por medios cognitivos, porque es la señal de una injusticia que, como tal, no puede expresarse en términos cognitivos. El que alguien sea, o no, víctima de una injusticia no puede tener validez mediante frases cognitivas porque, como víctima, ese alguien es el sujeto de un diferendo. El diferendo marca el silencio de la imposiblidad de expresar una injusticia.
En el estudio "El signo de la historia" (5), Lyotard aborda la interpretación de hechos históricos partiendo del concepto de lo sublime en La crítica del juicio de Kant. Para Kant, el sentimiento sublime no procede del objeto (por ejemplo, la naturaleza), sino que es indicio de un estado mental extraordinario que reconoce su incapacidad para hallar un objeto adecuado a ese sentimiento. El sentimiento sublime, como todos los demás, es un signo de esa incapacidad. Por consiguiente, se convierte en un signo del diferendo entendido como puro signo. La tarea del filósofo pasa a ser la búsqueda de esos signos del diferendo. Una vez más, puesto que ningún universal –ni humanidad, ni libertad, progreso, justicia, ley, belleza, sociedad o lenguaje– puede corresponder a un objeto real, el vínculo buscado entre uno y otro sólo puede producir el totalitarismo y la subsiguiente exclusión de la alteridad. Sin embargo, Kant fue un observador atento de la Revolución Francesa. La contempló como un suceso que indicaba que la humanidad progresaba. Tuvo el entusiasmo de tantos espectadores ajenos a ella. ¿Estaba yendo Kant, pues, en contra de la lógica de lo sublime, y confundiendo un fuerte sentimiento (el entusiasmo) con el hecho histórico concreto de la Revolución Francesa? No, porque el entusiasmo es un signo de que la Revolución posee una faceta sublime, es decir, impresentable; precisamente porque es un hecho histórico. Ningún género de discurso puede dar expresión a un hecho verdaderamente histórico; de modo que desafía a los géneros existentes a que encuentren un sitio para él. En otras palabras, el hecho histórico es un caso de diferendo.
A diferencia de Hegel, Kant no intenta fabricar una frase especulativa equivalente a una frase cognitiva. Las frases especulativas se refieren siempre a signos (es decir, sentimientos y emociones), y Hegel se equivocó al pensar que una frase especulativa podía tener concreción. En este aspecto, Hegel estaba ligado a una filosofía del resultado, de cómo resultarían las cosas de forma determinante. El indeterminante –el signo, la emoción, el suceso, el diferendo– está totalmente ausente del sistema hegeliano.
Como la crítica de la historia de Kant, los problemas de la obligación aparecen. en el libro de Lyotard Just Gaming. La búsqueda del fundamento para una frase ética y, por tanto, el fundamento para tener una obligación, guía el estudio. Su conclusión es, quizá paradójicamente, que el fundamento de la obligación no puede especificarse; para empezar, porque una obligación no puede explicarse con una descripción; si se pudiera, la obligación se desvanecería. Sólo podemos sentirnos obligados si –como dice Kant– tenemos la libertad de no cumplir con la obligación. Una descripción sólo puede mostrar por qué no puede rehuirse la obligación: en resumen, "debería" no puede derivarse de "es".
En segundo lugar, la obligación no es el resultado de "mi" ley, sino de la ley "del otro": sólo me puedo sentir obligado si esa obligación procede de fuera de mi mundo, del mundo del otro. La ley del otro que nos obliga es la evidencia de la imposibilidad de construir jamás una representación adecuada de ella. La frase ética sólo puede ser un signo indicador de una obligación que nunca tiene forma concreta. Se trata de saber si el imperativo categórico de Kant podría jamás constituir la base de una comunidad ética. Aquí vemos la relevancia de la filosofía de Levinas, que invoca fuentes teológicas judías con el fin de mostrar la necesaria prioridad del otro (el "tú") en el origen de la ley moral. No sólo se niega Kant a ceder y reducir el género del discurso de obligación al género cognitivo, sino que además ofrece un modo de pensar sobre cómo se "conectan" los géneros de discurso entre sí. Cada género de discurso es análogo a un "archipiélago", y el juicio es un medio de pasar de un archipiélago a otro. Al contrario que la tendencia homogeneizadora del discurso especulativo, el juicio permite la heterogeneidad necesaria de los géneros. El juicio, por consiguiente, es la forma de reconocer el diferendo, y la especulación hegeliana, una forma de ocultarlo.
  El poder del argumento de Lyotard reside en su capacidad de destacar la imposibilidad de hacer que una idea general sea idéntica a un caso real concreto (es decir, al referente de una frase cognitiva). Filósofos, matemáticos y científicos admiten actualmente las paradojas que surgen cuando una afirmación general sobre el mundo se ve obligada a tener en cuenta su propio lugar de enunciación. Las ideas de Lyotard en La diferencia son un antídoto valioso contra el delirio totalitario de reducir todo a un solo género y suprimir el diferendo. Suprimir el diferendo es sofocar nuevas formas de pensar y actuar.
Más problemático resulta, no obstante, el hecho de que, al promover Lyotard la frase a una posición privilegiada en relación con el diferendo, corre el riesgo de oscurecer éste. Porque aquí no hay una no frase. Un silencio, una interjección, un encogimiento de hombros, son frases. Tampoco hay una primera o última frase, porque siempre están encadenadas. Decir que no hay más que la frase implica, sin duda, que la frase emana de sí misma, que es su propia ley. Pero esta afirmación tiene el peligro de convertirse en una totalización restrictiva que choca contra el principio de permitir que el diferendo salga del silencio. Lyotard podría replicar que eso es negar el carácter (radicalmente) heterogéneo que atribuye a los regímenes de frases, un carácter que garantiza el diferendo. ¿Qué tipo de heterogeneidad puede ser el que niega la alteridad? Afirmar que siempre hay una frase –que siempre hay algo más que nada– no elimina el problema de la "nada", aunque esa nada sea una imposibilidad. Dicho problema indica que es necesaria una elaboración más desarrollada de la "frase" antes de poder aceptar la afirmación de Lyotard de que la filosofía de las frases es la forma de obtener una percepción del diferendo.


NOTAS

1. Jean-François Lyotard, The Postmodern Condition: A Report on Knowledge, trad. de Geoffrey Bennington y Brian Massumi, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1984, 6ª. impr., pág. 37.
2. Ibíd., pág. 45.
3. Ibíd., pág. 47.
4. Jean-François Lyotard, Le Differend, París, Minuit, 1983, pág. 35.
5. Lyotard, "Le signe de I'histoire", en Le Differend, págs. 218-260.

PRINCIPALES OBRAS DE LYOTARD

La fenomenología (1954), Barcelona, Paidós, 1990.
Discurso, figura (1971), Barcelona, Gustavo Gili, 1979.
A partir de Marx y Freud (1973), Madrid, Fundamentos, 1975.
Dispositivos pulsionales (1973), Madrid, Fundamentos, 1981.
Instructions païennes, París, Galitée, 1977.
La condición postmoderna (1979), Madrid, Cátedra, 1989.
La diferencia (1983), Barcelona, Gedisa, 1988.
El entusiasmo (1986), Barcelona, Gedisa, 1987.
Peregrinaciones, ley, forma, acontecimientos (1988), Madrid, Cátedra, 1992.
La postmodernidad (explicada a los niños), Barcelona, Gedisa, 1987.
¿Por qué filosofar? Cuatro conferencias, Barcelona, Paidós, 1989.


OTRAS LECTURAS

BENNINGTON, Geoffrey: Lyotard: Writing tbe Event, Manchester, Manchester University Press, 1988.
DESCOMBES, Vincent: Modern French Phylosopby, trad. de L. Scott-Fox y J. M. Harding, Cambridge, Cambridge University Press, 1980, págs. 180-186 y passim.
PEFANIS, Julian: Heterology and tbe Postmodern: Bataille, Baudrillard and Lyotard, Sidney, Allen & Unwin, 1991.


Marcuse, Herbert


 
  Nacido en Berlín el 19 de julio de 1898 y fallecido en Starnberg, Alemania el 29 de julio de 1979. Filósofo y sociólogo alemán, fue una de las principales figuras de la primera generación de la Escuela de Frankfurt.

Entre los escritores para los cuales la sociedad industrial no puede ser corregida y debe desaparecer a fin de dejar el lugar a otra completamente diferente y más auténticamente humana, está Herbert Marcuse. Conocido hasta hace poco tiempo sólo por algunos especialistas, es ahora objeto de la curiosidad universal porque los espectaculares movimientos juveniles producidos en los últimos tiempos, en los Estados Unidos y en Europa, se dicen inspirados por él.
Los hippies norteamericanos que cubiertos de flores y en bandas errantes, proclaman: "Hagamos el amor y no la guerra"; los jóvenes iracundos que en Inglaterra muestran su insurgencia en las intemperancias del lenguaje, las indumentarias extrañas y las barbas y cabelleras crecidas; los universitarios que en París, empujando banderas anarquistas, cubrieron las paredes de la Universidad con letreros escandalosos; todos ellos parecen rebeldes sin causa, levantándose contra la civilización que los sustenta y proclamando ideas incomprensibles para la mentalidad vigente. Pues bien, sus actitudes y sus pensamientos corresponden a la problemática de Marcuse.
Aunque ciudadano norteamericano, Herbert Marcuse es de origen alemán. Fue discípulo de Husserl y de Heidegger, fundadores de la fenomenología y del existencialismo, respectivamente. Por un tiempo trabajó en el Instituto de Ciencias Sociales de París. Huyendo del despotismo hitleriano, en 1934, se trasladó a los Estados Unidos. Allí fue primeramente investigador en la Universidad de Columbia. Actualmente es profesor de filosofía de la Universidad de San Diego, en California. Tiene más de setenta años. Ha vivido siempre al margen de las luchas políticas. Se quedó estupefacto cuando supo que los universitarios europeos ponían su nombre entre los inspiradores de sus movimientos. Se hallaba en París en el mes de mayo de 1968, cuando se produjeron los acontecimientos que sorprendieron al mundo y que él observó desde lejos. Había sido invitado por la UNESCO para participar en un coloquio convocado con motivo del 150º aniversario del nacimiento de Marx.
Marcuse es un teórico y se considera a sí mismo como tal. Sin embargo sus ideas tienen un fuerte fermento político. "Son la interpretación profana de una iluminación profética" –decía de ellas uno de sus colegas de universidad.
Para muchos, Marcuse es un marxista. Podría clasificársele más bien como un socialista utópico, un socialista de las épocas anteriores a Marx. Es ante todo un freudiano, aunque un discípulo disidente de Freud. Piensa, como el padre del psicoanálisis, que la civilización está basada en la represión de los instintos naturales del hombre. Pero diverge de él cuando afirma que la civilización puede dejar de ser represiva y desenvolverse bajo la égida de un eros liberado. Para ello cree necesarios el cambio de todas las estructuras existentes y el desmoronamiento de la sociedad actual. El cambio significaría el advenimiento de una nueva era para el mundo, tan importante como el propio comienzo de la civilización. Sin embargo, Marcuse piensa que no será fácil que tal cosa se produzca, porque la civilización en la etapa industrial a que ha llegado condiciona a los hombres de tal modo que éstos viven felices en la represión. El movimiento sólo podría ser provocado por los marginales de la sociedad, los segregados sociales, los pueblos subdesarrollados, los intelectuales y los estudiantes. Pero todos ellos carecen de fuerza efectiva dentro de la sociedad industrial.
Marcuse es autor de varios libros. Razón y revolución, El marxismo soviético y La crítica de la tolerancia pura son los más antiguos. En este último, que escribió en colaboración con otros dos profesores, propone la abolición de la libertad de reunión y de opinión para los grupos políticos agresivos. Sus trabajos más famosos y que representan las formas definitivas de su pensamiento son Eros y civilización y El hombre unidimensional, cuyo contenido vamos a tratar a continuación.

El libro más personal y por ello más característico de Herbert Marcuse es Eros y civilización. Apareció, sin llamar prácticamente la atención del público, en 1955. Después ha sido reeditado en casi todas las lenguas cultas, convertido en un best-seller internacional. No faltan quienes, exagerando el entusiasmo, llegaron a afirmar que tendría, en lo que resta del siglo, una influencia tan importante como la que le correspondió a El Capital de Marx en los últimos cincuenta años.
Marcuse es, según hemos adelantado ya, un freudiano. El subtítulo de Eros y civilización, más significativo en este sentido que el titulo, es: "Una crítica filosófica al pensamiento de Freud". El libro sigue las inspiraciones de Freud y también las de Federico Schiller. Combina las ideas que el maestro de Viena presentó en La civilización y sus detractores y en Moisés y el monoteísmo con las que el poeta alemán propuso, para reconstruir la civilización, en sus famosas Cartas sobre la educación estética.
Dejando de lado los contenidos genuinamente psicológicos y psiquiátricos del freudismo, Marcuse se interesa por el aspecto relativamente endeble de éste que es el sociológico. Aborda los problemas que en el pensamiento de Freud están relacionados con la teoría del hombre y con la filosofía de la historia. La sociedad es, para Marcuse, un fenómeno psicológico. En la conciencia y en la mente humanas están los fundamentos de la sociedad y del Estado. Los problemas políticos son, por lo tanto, problemas psicológicos.
Sin embargo, como ya hemos adelantado también, Marcuse es un freudiano que se insurge contra Freud y particularmente contra lo que considera el conformismo de éste. Explica ese conformismo como el resultado del acondicionamiento mental que le impuso a Freud su propio ambiente. Según Marcuse, Freud, sin saberlo, adoptó la posición de la sociedad industrial dentro de la cual vivía, posición "reaccionaria" en el sentido de favorecer el mantenimiento del status de la civilización.
De todos modos, la originalidad de Marcuse y la popularidad de que goza actualmente provienen de su insurgencia frente a Freud y del hecho de haber inyectado en el freudismo un fermento revolucionario y mesiánico que antes no tenía. Marcuse pertenece, por eso, al grupo de los disidentes del psicoanálisis situado en aquella ala cuyos exponentes más conocidos son Wilhelm Reich y Erich Fromm, para quienes el psicoanálisis es una crítica de la sociedad y no sólo una terapéutica, una denuncia de las anomalías que la colectividad provoca en el individuo y no simplemente un método para conseguir la adopción de éste a aquélla.
El punto de partida de Eros y civilización es la identificación que Freud hizo de la civilización con la represión. La civilización apareció cuando los hombres comenzaron a reprimir sus instintos. La historia de la humanidad es la historia de sus represiones. El hombre dejó de ser un animal en el momento decisivo y dramático en que sustituyó el principio del placer por el principio de la eficiencia (performance principle). Con ese paso, la libre manifestación de los instintos, la recepción, la alegría, la satisfacción inmediata de los deseos, fueron reemplazadas por el trabajo, la necesidad de producir, la postergación de las satisfacciones, la búsqueda de la seguridad. La civilización es ascética. Sus exigencias son penosas. Según Freud, la civilización encadena a Eros, que es la vitalidad espontánea, y utiliza a Tanatos, el instinto de muerte, cuyos recursos canaliza y organiza en las diferentes formas de la destrucción que inevitablemente desembocan en la guerra. Recordemos aquí que ya Rousseau, en su Discurso sobre las desigualdades humanas, decía que el hombre era originalmente bueno y feliz y que la civilización lo pervirtió convirtiéndolo en un monstruo.
Marcuse, aceptando las concepciones de Freud sobre la esencia represiva de la civilización, analiza en su libro la estructura instintiva del hombre, la presencia ubicua de Eros y Tanatos, la función del superego y sus influencias sociales y culturales; estudia la aparición del principio de eficiencia, en el medio excesivamente pobre de la vida primordial, que impuso la restricción, la dilación y la represión constantes de los deseos. Bajo la acción de ese principio, el cuerpo y la mente del hombre pasaron a ser instrumentos de trabajo y la civilización se extendió sobre el mundo, sometiendo, dividiendo, destruyendo cosas y animales, y, periódicamente, también hombres. Muestra Marcuse en su libro cómo los impulsos instintivos están sujetos a modificaciones históricas cuyas peripecias fueron simbolizadas por Freud en su discutida teoría del Padre Primordial. Según esa teoría, en la horda primitiva, el padre tenía el monopolio de todas las cosas y sometía a los hijos a un régimen de represión. Esa represión constituyó la base del orden, pero al mismo tiempo provocó la aversión de los hijos. En cierto momento, éstos, no pudiendo soportar más el despotismo paterno, mataron al padre. Sin embargo, después del parricidio el orden no desapareció. El remordimiento llevó a los hijos a respetar las prohibiciones y restricciones creadas por el padre y de las cuales provienen la religión, la moral y las leyes. A lo largo de la historia, tanto el parricidio como el sentimiento de culpa consiguiente se repiten en las continuas destrucciones y restauraciones de la autoridad política. Por eso, todas las revoluciones fracasan. Hay un elemento de autoderrota en ellas pues se sienten criminales. De todos modos, según Freud, el bienestar material y las comodidades que proporciona la civilización le cuestan al hombre su libertad. Su vida está enajenada. El hombre, se halla condenado al trabajo. La disminución de las represiones no haría sino retrotraer la sociedad a los estados precivilizados de la existencia. El Eros incontrolado sería funesto. Su predominio significaría el fin de toda cultura.
Pues bien, Marcuse no está de acuerdo con ese pesimismo del maestro. Piensa, por el contrario, que las propias ideas de Freud proporcionan las razones que llevan a creer en la posibilidad de una civilización no represiva. En efecto, Freud reconoce que los instintos no dejan de existir. A pesar de la represión están vivos en el hombre. Y Marcuse halla que ellos se exteriorizan en múltiples manifestaciones que escapan a la acción represiva. Aparecen en el arte, en los mitos, en las perversiones, en los sueños, en el folklore, etc.
El arte tiene por eso, para Marcuse, una función primordial en la existencia humana. Encarna las más profundas tendencias del alma. Se opone al racionalismo imperante. Sus creaciones revelan un mundo que la civilización considera imposible y por eso son fascinantes. Los artistas liberan a los hombres de las preocupaciones inmediatas que los esclavizan al trabajo y a la eficiencia y les dan el sentimiento de llegar a los fundamentos de la vida. Mantienen despierto el antagonismo que existe entre la civilización y la autenticidad humana.
   En la mitología griega encuentra Marcuse la simbolización más expresiva de ese antagonismo. Las páginas de Eros y civilización, en que predomina un estilo abstruso, sin concesiones en el empleo de un léxico especializado, se vuelven elocuentes y casi líricas al hacer la caracterización de los héroes culturales que, según Marcuse, personifican el antagonismo: de un lado Prometeo y del otro Narciso y Orfeo.
   Para Marcuse, Prometeo es el arquetipo de la civilización. Representa la eficacia productiva, el trabajo y el progreso. A su lado, Pandora, voluptuosa y bella, surge como una maldición. La belleza y la voluptuosidad son fatales para el esfuerzo laborioso de la civilización. Frente a ellos, Narciso y Orfeo son las imágenes de la satisfacción y la alegría. Son la rebeldía contra la sociedad que exige sumisión y trabajo penoso. Recuerdan las experiencias del mundo primigenio en que no existían las formas reprimidas y estratificadas de la existencia que ahora predominan. Orfeo es el poeta que pacifica a los animales y a los hombres con el poder del verbo. Narciso es el hombre que en el río del tiempo vislumbra y ama su propio ser. En los dos el arte, la libertad y la vida se combinan. "Su lenguaje es la canción, su existencia la contemplación". Orfeo y Narciso evocan la dimensión estética en la cual, según Marcuse, el hombre alcanza la plenitud de la vida. Recordemos aquí que también Nietzsche, tomando una actitud parecida, pedía el retorno de los hombres a Dionisos, el dios de la embriaguez, de la rebelión y la alegría.
La dimensión estética, según Marcuse, es tenida actualmente como marginal. Se piensa que los valores estéticos sólo pueden bastar a algunos genios del arte y servir de refugio a bohemios decadentes. "La existencia estética está condenada". Pero, para Marcuse, esa condenación es el resultado de un preconcepto fabricado por la mentalidad civilizada. El hombre esclavo del trabajo y de la productividad no puede concebir un mundo en que reine la libertad pura y que corresponda a aquel que Baudelaire imaginó cuando escribió estos famosos versos:

Là, tout n'est qu'ordre et beauté,
luxe, calme  et volupté.

(Allí no hay sino orden y belleza,
lujo, calma y voluptuosidad).

Pues bien, según Marcuse, las circunstancias que dentro de la horda primitiva impusieron la represión, han cambiado. Cuando los recursos no bastaban para satisfacer las necesidades humanas, la austeridad y el sacrificio eran necesarios. La carencia de recursos obligó a la restricción de los deseos, gracias a la cual nació la civilización. Ahora, ésta produce en abundancia todo lo necesario para la vida, ha vencido las carencias nefastas y ha puesto a los hombres en condiciones de transformar radicalmente su existencia. Las revoluciones han tenido hasta ahora por objetivo una organización más amplia y más eficiente del trabajo. La nueva revolución invertirá el propósito. Traerá la liberación de los instintos vitales reprimidos. Será la victoria de Eros sobre Tanatos. El trabajo y la represión dejarán de ser los fundamentos de la civilización. Esta pasará a tener como objetivo supremo los valores estéticos, la sensualidad, la belleza, la libertad y la verdad.
Es aquí donde Marcuse se vuelve hacia Federico Schiller y recurre a las ideas que éste expuso en las Cartas a que nos hemos referido anteriormente. Según Schiller, la solución del problema político, es decir la liberación del hombre de las condiciones inhumanas en que vive, está en la estética. "La belleza es el camino que conduce a la libertad". El hombre sólo es tal cuando está libre de coacciones externas o internas, físicas o morales, cuando no es reprimido por la ley o por la necesidad. La vida debe ser un juego. En una civilización auténtica, en vez de trabajar, el hombre hará la ostentación gozosa de sus propias potencialidades y facultades. Marcuse, de acuerdo con Schiller, cree que la existencia, en vez de ardua faena y explotación, debe ser "contemplación" del mundo y "exhibición" de las propias potencialidades, dentro de la abundancia conseguida por la civilización. La abundancia es compatible con la libertad. La civilización será verdadera cuando, superando la necesidad y eliminando la lucha por la existencia, imponga una valoración estética de la vida.
   Sin embargo, según Marcuse, aunque la civilización está más cerca que nunca de ese ideal, la realización de éste es extraordinariamente difícil. Formidables obstáculos se levantan en el camino, puestos por la propia civilización. Esta ha creado estructuras que tienden a perpetuarse y que resisten con todos sus recursos a cualquier mudanza. El sistema vigente trata de mantener su dominación. Además, los hombres eficientemente manejados, satisfechos con el bienestar que les proporciona la civilización, resisten a cualquier cambio. Para conseguirlo habrá que desmantelar los baluartes tradicionales, hacer comprender a los hombres que la plenitud de la vida está más allá de las satisfacciones materiales, hacerles sentir que la vida es un fin en sí misma, que hay que eliminar la servidumbre dorada con que la civilización humilla a los hombres. "Hoy la lucha política y la lucha por la existencia –dice Marcuse– son la lucha por Eros". Es decir, la lucha para conseguir que la vida sea lo que debe ser: fuente de alegría y de satisfacciones y no interminable y penoso trabajo.
Hay, como se ve, en Eros y civilización, un acento optimista y romántico que se apaga un poco en el libro de Marcuse titulado El hombre unidimensional, al cual dedicaremos las líneas siguientes.


El libro de Herbert Marcuse titulado El hombre unidimensional, apareció en 1964.
Marcuse tiene cuidado en advertir desde un principio que el libro se refiere a las sociedades contemporáneas más altamente desarrolladas. "Hay algunos sectores –dice en el párrafo final de la introducción– dentro y fuera de esas sociedades, en los cuales las tendencias descritas aquí no prevalecen".
Por lo tanto, El hombre unidimensional sólo trata de las sociedades ricas que han llegado a conquistar el bienestar y hasta la opulencia y no de las sociedades atrasadas o en proceso de desenvolvimiento. Además, Marcuse, como Galbraith, piensa que las peculiaridades de la sociedad industrial se presentan tanto en el sistema capitalista como en el comunista. Ambos son la expresión de la mentalidad tecnológica de nuestro tiempo. "El capitalismo y el comunismo –dice Marcuse– son, en último término, idénticos. Buscan las mismas cosas: comodidades y suavización de la vida". Ya en su libro El marxismo soviético, del cual en 1963 apareció una edición francesa seis años posterior a la americana, Marcuse afirmaba que el capitalismo y el comunismo tienen la misma base material y el mismo espíritu. El industrialismo y el fetichismo tecnológico son los elementos comunes que se sobreponen a la oposición abstracta de las éticas occidental y soviética.
Como Eros y civilización, el volumen El hombre unidimensional tiene también un subtítulo que esclarece su contenido: "Estudios sobre la ideología de la sociedad contemporánea". No se trata, pues, de una antropología ni de una teoría del hombre. Lo que el libro pretende es mostrar los elementos filosóficos que orientan la vida de esas sociedades. La ideología de la sociedad industrial, según Marcuse, está en sus realizaciones. Del estilo de vida que ha creado emergen un pensamiento y una conducta que definen su espíritu y sus concepciones como si hubieran sido formuladas en términos abstractos.
El aspecto más perturbador y en cierta forma paradójico de la sociedad industrial es, según Marcuse, su irracionalidad básica, no obstante que esa sociedad se considera a sí misma como la expresión misma de la razón.
Para Marcuse, en la época preindustrial, la razón era la facultad que permitía a los hombres definir lo verdadero y lo falso. En ese tiempo, el mundo era bidimensional. De un lado estaba la, razón y del otro la realidad. La razón buscaba la verdad, la esencia de las cosas y de la vida. Establecía lo que debía ser frente a lo que era. La razón constituía en cierta forma un poder subversivo. En el campo histórico, la oposición se manifestaba en la lucha del hombre con las irracionalidades del orden vigente, era el imperativo categórico desafiando las deficiencias existentes.
Pues bien, la sociedad industrial, de acuerdo con Marcuse, tiene un concepto de la razón completamente diferente. El progreso científico disolvió la imagen bidimensional del mundo. Las ideas, los valores dejaron de ser reales, evaporándose en las regiones de lo subjetivo. La dimensión metafísica, antes campo genuino del pensamiento racional, pasó a ser anticientífica. Desapareció la trascendencia. La libertad interior, el espacio privado del hombre perdieron su consistencia. Se estableció el mundo del hombre unidimensional. La tecnología es en ese mundo la personificación de la razón. Ella lo resuelve todo. Se extiende a todos los sectores de la vida. De ahí provienen las tendencias que caracterizan a la sociedad industrial.
Desde luego, la tecnología constituye un sistema de dominación. Somete a su poderío tanto a la naturaleza como a los hombres. Los organiza como cosas y como instrumentos. Busca el aumento de su propia eficiencia, por encima de los intereses individuales o de grupo. La máquina, con su poderío ciego, se convierte en el modelo de todo.
Así, la vida privada del individuo se disuelve en procesos de producción y consumo. Se consume para intensificar la producción. Los artefactos que hace algunos lustros eran la exclusividad de algunos privilegiados, están hoy al alcance de cualquiera. Lo superfluo prolifera por todas partes. Los esquemas dispendiosos de vida se extienden con rapidez. Las fábricas no cesan de lanzar al mercado productos nuevos. Todo el mundo aspira a vivir acumulando y derrochando bienes. El hombre "encuentra su alma en su automóvil, en su heladera y en su departamento".
En la vida pública, se produce la unificación de los opuestos. Los partidos políticos se hacen cada vez más parecidos entre sí. Se mueven dentro de los límites de la estructura establecida y aceptada por todos. Los conflictos desaparecen dentro de la productividad creciente. El trabajo de cada uno está integrado en el trabajo de los demás. Las manos son progresivamente menos necesarias. Las máquinas ocultan la dominación y la servidumbre. Dirigentes y trabajadores son solidarios y todos dependen de ellas. La economía se hace anónima.
Consiguientemente, el desarrollo industrial altera el funcionamiento de las clases. Es un hecho que el trabajador no es ya el animal de carga que era en la época preindustrial. Los patrones son sustituidos por burócratas de los más variados tipos que se interesan, más que por la ganancia, por el funcionamiento de las empresas. El odio es privado de su antiguo objeto: el patrón. Las clases están cada vez más integradas en la estructura industrial y tienen el mismo interés en el mejoramiento de la misma, que les proporciona el bienestar y las más variadas satisfacciones. El obrero ha perdido su potencial subversivo.
Tampoco la cultura superior se salva, según Marcuse. Esta que fue antes elemento de control, factor de depuración de la existencia, se acomoda, se diluye en la tecnología omnipresente. Se vuelve propaganda. La cultura superior se encarga de crear la conciencia satisfecha y el conformismo. Las consignas funcionan como fórmulas mágicas. Se precondiciona al individuo mediante la publicidad y el adoctrinamiento. "Se transforma la metafísica en física, lo interior en exterior, las aventuras de la mente en aventuras de la tecnología". Inclusive el arte, que en la sociedad preindustrial era un reactivo, se pone al servicio de la sociedad industrial. Sus creaciones son incorporadas a la vida corriente. Los artistas rebeldes pierden su consistencia y sus excentricidades divierten a la sociedad que les paga y que nunca los toma en serio.
La tecnología lo domina, pues, todo. Ella consigue las realizaciones más sorprendentes y es la promesa de otras más sorprendentes todavía. Por los medios más racionales e inteligentes acaba produciendo las cosas más irracionales. Inclusive los arquetipos del terror pierden su carácter catastrófico. Los hombres se reclinan confiados a la sombra del poder atómico que los amenaza con la aniquilación.
La sociedad industrial consigue imponer la racionalización de lo irracional sin muchas dificultades. La tecnología produce una vida segura y cómoda para un creciente número de individuos, expande el dominio del hombre sobre la naturaleza. El resultado es una "aterradora armonía". El hombre vive satisfecho dentro de la sociedad industrial avanzada, sin extrañar la mutilación de su ser, sin echar de menos su vida interior, en una especie de nirvana consumicionista. Las actitudes de rebeldía son miradas con sorpresa y con desagrado. Si se las permite en nombre de un principio de tolerancia, es porque se las ha despojado de su contenido auténticamente revolucionario.
Sin embargo, no porque la gran mayoría acepte la vida unidimensional y se acomode dentro de ella, ésta deja de ser menos perniciosa. "El hecho de que puedan elegir los señores no elimina la servidumbre".


Ahora bien ¿existe la posibilidad de eliminar la servidumbre? ¿Pueden los hombres salir de la civilización del consumo? ¿Puede la sociedad industrial existir de otro modo? Marcuse piensa que la civilización, por su propio impulso, por el creciente perfeccionamiento de sus recursos técnicos que conducen al automatismo, prepara las condiciones para una sociedad no represiva. Esta mudanza no tendrá por objeto nuevas distribuciones de la riqueza o nuevas formas de la vida política. Dará al hombre una vida auténtica. La idea de libertad será cambiada, porque hay actualmente, según Marcuse, un concepto falso de ella, en cuyo nombre se perpetra toda clase de crímenes. Es la libertad del esclavo que puede moverse dentro de los antros de su servidumbre. La libertad debe ser otra cosa. "Así, la libertad económica –escribe Marcuse– significaría la libertad de la economía, de ser controlado por las fuerzas y relaciones económicas; libertad política significaría la liberación de la política, sobre la cual el individuo no tiene control eficaz alguno. Del mismo modo, libertad intelectual significaría la restauración del pensamiento individual ahora absorbido por la propaganda y el adoctrinamiento en masa, significaría la abolición de la opinión pública juntamente con sus forjadores".
Semejantes proposiciones parecen insensatas, según Marcuse, porque las actuales estructuras del pensamiento nos condicionan de tal modo que no comprendemos aquello que sale de ellas.  "Su tono irreal –dice– no indica su carácter utópico sino más bien el vigor de las fuerzas que se oponen a su realización". Para comprenderlas sería necesaria una mudanza radical de la actitud mental. Haría falta despojarse de los esquemas tradicionales del pensamiento. Marcuse cree que el hombre está tan fuertemente condicionado por la civilización, que aun la subversión tendría resultados problemáticos. "Acaso ni siquiera una catástrofe –dice en este sentido– ocasionará una transformación como la que hace falta".
Y no menos singular que las proposiciones es la idea que Marcuse tiene acerca de los elementos que podrán encargarse de realizarlas y de subvertir la civilización.
Debido a que las clases han perdido su potencia revolucionaria, Marcuse piensa que la civilización industrial no puede ser derribada sino por los desclasificados, por los marginales, por los hombres que están fuera del sistema. "Por debajo de las clases conservadora y popular –dice– está el sustrato de los parias y los extraños, de los explotados y los perseguidos de otras razas y de otros colores, los desempleados y los inempleables. Ellos existen fuera del proceso democrático. Su existencia es la más inmediata y la que más perentoriamente necesita poner fin a las instituciones y a las condiciones intolerables. Así, su posición es revolucionaria aunque su conciencia no lo sea". También encuentra Marcuse el fermento revolucionario en los privilegiados de la cultura, los intelectuales, los filósofos, que por la naturaleza de sus actividades viven al margen de lo económico y conceden al pensamiento su tradicional función trascendente. En los jóvenes la rebeldía es una necesidad biológica. "Por naturaleza –dice Marcuse– los jóvenes están en la primera línea de los que luchan por Eros, contra la muerte y contra la civilización que acorta los caminos hacia la muerte". Finalmente, los pueblos subdesarrollados tienen un potencial subversivo. Sin embargo éste puede ser neutralizado por la presión de la sociedad industrial dentro de la cual se empeñan en entrar. Sintetizando las impresiones que le produce la situación, Marcuse termina su libro citando la frase de un escritor antifascista (Walter Benjamin) que dice así: "Solamente en nombre de los desesperados nos es dada la esperanza".

La somera exposición que acabamos de hacer muestra que las ideas de Marcuse corresponden a un estado de espíritu peculiar de nuestro tiempo y recogen sentimientos que flotan en el aire, pero hacen ver también que su contenido es bastante discutible. Marcuse es uno de esos escritores que aparecen de tiempo en tiempo dando forma a la necesidad de subversión que siente una gran parte de los hombres frente a las deficiencias de la realidad. Hay en el pensamiento de Marcuse una fuerte dosis de utopismo romántico.
En Eros y civilización Marcuse reduce la civilización y todas sus sorprendentes realizaciones a los límites de una mera represión de los instintos, impuesta por no se sabe qué ciegas exigencias. Esa explicación simplista y negativa tiene la fragilidad que es peculiar a toda la antropología freudiana. Y en El hombre unidimensional Marcuse exagera el poder de la tecnología y le atribuye un maquiavelismo que no tiene. Por muy desenvuelta que esté la sociedad industrial, por muy absorbentes que sean sus exigencias, es indudable que el hombre, con todas sus virtudes y defectos, sigue en el comando de la historia. La tecnología, por otra parte, no sólo produce artefactos. Las sociedades industriales desempeñan funciones humanizadoras, educativas, liberadoras, que sólo son posibles dentro de la abundancia. Ellas tienen hoy responsabilidades que antes nadie asumía. Tampoco convence la apelación de Marcuse a los marginales de la sociedad para convertirse en agentes de la mudanza social. Precisamente por no estar incorporados a ella carecen de los recursos para enfrentar y resolver la infinita complejidad de sus problemas. Por último el paralelismo que establece Marcuse entre el comunismo y el capitalismo es falso. Acaso desde el punto de vista de Eros, se pueda menospreciar lo ético frente a lo económico. Pero la verdad es que no es posible confundir el despotismo comunista, su Estado policial y su esclavización moral e intelectual del individuo, con el régimen democrático que, pese a sus vicisitudes, garantiza a los hombres el ejercicio de todas las formas de la libertad.
Es innegable que la civilización industrial se desarrolla en muchos aspectos irracionalmente, que tiende a dar la primacía a las necesidades económicas, que con frecuencia sirve objetivos pueriles y dilapida ingentes recursos en proyectos absurdos. Pero nada de eso pertenece a su esencia. La sociedad puede vivir en la abundancia sin incurrir en aberraciones. Por otra parte, Marcuse no muestra en ninguno de sus libros el tipo concreto de sociedad que podría sustituir a la sociedad industrial. Una información publicada en París daba cuenta que el filósofo había terminado un nuevo libro, que debe salir en breve, titulado Más allá del hombre unidimensional. Nada sabemos aún de este libro sino que se ocupará de la actualidad. Es posible que, a juzgar por el título, indique la forma en que podrá realizarse la mudanza y defina las características del reino de Eros que propone. Lo que hasta ahora ha dicho Marcuse al respecto es tan vago que no puede orientar ninguna acción.
Por todo ello, más razonable que la posición de Marcuse nos parece la de Galbraith. Este afirma, con razón a nuestro juicio, que la civilización no es un fenómeno terminal. Su actual condición no es definitiva. Es el resultado de una transformación y no hay razón para que la transformación no prosiga tratando de establecer para los hombres un sistema de vida cada vez más humano y cada vez más justo. Desde luego, es evidente que sólo el perfeccionamiento de la tecnología libertará a los hombres de las necesidades del trabajo. Libres de las urgencias económicas, los hombres podrán desenvolver potencialidades que sólo algunos desarrollan ahora. Además, el sistema industrial es solamente una parte de la civilización. Las circunstancias actuales le dan una importancia excesiva. La producción y el consumo preocupan todavía demasiado a los hombres. Tendrán que tomar el lugar que les corresponde en la vida humana. Una mayor difusión del saber y una conciencia más cabal de las responsabilidades pueden llevar al ajuste de las potencias económicas con el progreso moral y espiritual de la humanidad.



Bibliografía

Acerca de los fundamentos filosóficos del concepto científico-económico del trabajo (1933)
The Struggle Against Liberalism in the Totalitarian View of the State (1934)
Razón y revolución (1941)
Eros y Civilización (1955)
El marxismo soviético (1958)
El hombre unidimensional (1964)
Tolerancia represiva (1965)
Cultura y Sociedad (1967)
Acerca del carácter afirmativo de la cultura (1967)
El final de la Utopía (1968)
La sociedad industrial y el Marxismo (1968)
Un ensayo sobre la liberación (1969)
Psicoanálisis y política (1969)
Ética de la Revolución (1970)
La Sociedad Opresora (1972)
Contrarrevolución y Revuelta (1972)
The Aesthetic Dimension (1978)
La agresividad en la sociedad industrial avanzada y otros ensayos (1979)
Introducción a la terminología financiera (1988)
Protosocialism and Latecapitalism. Toward a theoretical synthesis Based on Bahro's Analysis
Guerra, tecnología y fascismo. Textos Inéditos. (2001)
Perspectivas sobre comunicación y sociedad (2003)


martes, 6 de noviembre de 2012

Mauss, Marcel




Es difícil subestimar la importancia intelectual de Marcel Mauss para, al menos, dos generaciones de pensadores franceses. Empezando por Bataille, Dumézil y Lévi-Strauss, Mauss ha sido asimismo punto de referencia para una nueva generación que incluiría a Bourdieu, Baudrillard, Derrida y Foucault. La teoría de Mauss sobre el regalo y la naturaleza del intercambio en las sociedades denominadas arcaicas ha ocupado especialmente a los pensadores de inspiración estructuralista, como Lévi-Strauss, mientras que la deuda que con él tienen otros como Bourdieu y Foucault está más relacionada con sus ideas sobre las técnicas corporales. Habitus es un término que Mauss examinó antes de que Bourdieu lo reelaborara; y la noción de "tecnología del cuerpo" en Foucault podría muy bien tener su origen en la opinión de Mauss de que las técnicas corporales son, efectivamente, una "técnica sin instrumento" (la palabra francesa technique indica no sólo lo técnico sino lo tecnológico). Es decir, una técnica del cuerpo es una tecnología en la medida en que puede transferirse a otras áreas de actividad y porque, para ello, debe ser parcialmente cosificada (o sea, formalizada).
Mauss, sobrino de Émile Durkheim, nació en Épinal el 10 de mayo de 1872, y murió en París el 10 de febrero de 1950. Como su tío, creció en un ambiente de judíos ortodoxos. En 1895 obtuvo el tercer puesto en la agrégation de filosofía, tras lo que estudió griego, latín, hebreo e iraní antiguo en la École Pratique des Hautes Études (1). En 1902 era ya maître assistant en dicha Escuela, Quinta Sección, donde enseñaba "historia de las religiones de los pueblos no civilizados". Al empezar la Primera Guerra Mundial, Mauss se ofreció voluntario para el servicio, trabajó de intérprete en el ejército británico y fue condecorado por su valor, con dos menciones y dos cruces militares. Su experiencia en el ejército le dio la ocasión de estudiar las diferentes técnicas corporales que se observaban entre las tropas británicas, australianas y francesas. Más adelante, en sus ensayos sobre las técnicas del cuerpo, Mauss destacará la capacidad de los soldados australianos para sentarse en cuclillas durante los periodos de descanso, mientras que un francés como él debía permanecer erguido; porque, como tantos europeos, carecía de esa habilidad. A diferencia de su tío, Mauss era más un bohemio con aspiraciones socialistas; coleccionaba objetos exóticos, defendió la obra de Debussy y Picasso y siempre estuvo abierto a nuevas formas de entendimiento social y formas culturales. En 1925, Mauss creó el Institut d'Ethnologie y, en 1930, fue elegido para el Collège de France hasta su jubilación, en 1940.
En 1899, Mauss publicó con H. Hubert Nature et function du sacrifice (Naturaleza y función del sacrificio). Pero la fama y la influencia de Mauss se debieron, en gran parte, a los artículos que publicó en la revista Durkheimiana de sociología, L'Année sociologique, más que a ninguna monografía. Además fue un profesor muy estimulante y atractivo. Según Georges Dumézil, que dedicó muy poco tiempo a Durkheim –el mentor de Mauss–, era infrecuente que este último preparara sus clases, pero tenía un sentido de lo universal apoyado en enormes conocimientos casi ilimitados.
Debido seguramente, en parte, a la famosa Introducción a la obra de Marcel Mauss (2), escrita por Claude Lévi-Strauss, la obra más conocida de nuestro autor es su Essai sur le don (El regalo), publicada por primera vez en el volumen correspondiente a 1923-1924 de Année sociologique. Aunque, a simple vista, el regalo puede distinguirse de una mercancía (la base del intercambio en una economía monetaria), porque parece que no implica reciprocidad, Mauss afirma que, en realidad, el regalo implica una triple obligación: dar, recibir y corresponder. Viendo las etnografías de un amplio abanico de sociedades –pero, sobre todo, describiendo a los potlatch en América, los kula en el Pacífico y los hau en Nueva Zelanda–, Mauss demuestra que el regalo es la verdadera base de la vida social, por lo refinado y diferenciado de las formas de comportamiento que se ejercen después de él. El regalo no es un simple intercambio de bienes. Implica honor y un uso determinado del tiempo; se trata de un mecanismo que afecta a todos los aspectos de la vida que garantizan tanto la circulación de personas (mujeres) como de bienes. Dicho intercambio puede verse en el matrimonio, las fiestas, las ceremonias rituales, el servicio militar, las danzas, los bailes, y así sucesivamente. Incluso cuando el intercambio se relaciona exclusivamente con objetos de algún tipo, es preciso recordar que los objetos no son sólo las cosas muertas e inanimadas que se supone que son en sociedades capitalistas y muy diferenciadas. Los objetos poseen un "alma", una espiritualidad, no son meramente un objeto; y, a la inversa, aunque los seres humanos tienen su espiritualidad –en general llamada mana–, son también objetos que, por consiguiente, pueden formar parte del sistema de intercambio.
  En lugar de la acumulación de riqueza con el objetivo de acumular más riqueza, típica de las sociedades capitalistas, las sociedades del regalo se caracterizan por el gasto –la donación– y la obtención de prestigio. Por ejemplo, la esencia de los potlatch de Norteamérica es la obligación de dar. Quien puede gastar en la máxima medida posible y sitúa al beneficiario en obligación de igualar su prodigalidad obtiene y mantiene prestigio y honor. Al menos, en la medida en que los potlatch no acaban en una orgía de pura destrucción, es decir, el puro gasto sin beneficio. Pero, en general, los regalos deben devolverse con intereses, de modo que lo que está en juego es cada vez más.
Respecto al carácter de las cosas que se intercambian en el sistema del regalo, sería erróneo suponer que se limitan a bienes materiales. De hecho, uno de los puntos en los que más insiste Mauss es que prácticamente todo –servicios, favores sexuales, fiestas, bailes, etc.– se ve arrastrado al sistema. Si un individuo o grupo no cumple las obligaciones que implica el sistema de regalo, se corre el peligro de una guerra.
Si bien la sociedad capitalista no se estructura con arreglo a las obligaciones sociales generales ligadas al regalo, Mauss afirma que, teniendo en cuenta las pruebas históricas, resulta razonable pensar que los sistemas legales y económicos de Occidente surgieron inicialmente de instituciones similares a las de las sociedades dominadas por él. Más tarde, en las sociedades capitalistas modernas, se desarrolló una mentalidad impersonal y calculadora en la que la noción de equivalencia monetaria pasó a sustituir a la obligación moral y la lucha por el prestigio inherentes al regalo. En lugar de invadir el conjunto de actividades de la vida, el desarrollo de la ley y la economía basada en el dinero permitió que el intercambio se formalizara y se limitara al terreno público, mediante la separación de la esfera pública y la privada.
   Mauss concluye su estudio resumiendo una serie de puntos esenciales. En primer lugar, advierte, el regalo sigue impregnando "nuestras" sociedades, pero de manera muy reducida. Las ocasiones especiales por motivos religiosos, matrimonios, aniversarios, pueden provocar aún una gran actividad de entrega de regalos y la sensación de que debemos corresponder con intereses, que "debemos devolver más de lo que hemos recibido" (3). No ser capaz de corresponder puede dejar al beneficiario en una posición de inferioridad respecto al donante. Queda por ver si, tal vez, sería necesario examinar el significado de la caridad y el bienestar social bajo este prisma, porque, si bien puede estar en juego un elemento de reciprocidad y orgullo, detrás de la caridad se encuentra asimismo un motivo práctico que está ausente en el intercambio de regalos. Sin embargo, las sociedades cuya estructura social se basa por completo en el regalo no disponen de ningún espacio que no esté sujeto al intercambio. Los seres humanos forman parte también del sistema. Se trata de una noción de intercambio que es preciso separar claramente de los motivos utilitarios. Mucho más que los intercambios económicos en las sociedades que se consideran muy diferenciadas, con una distinción muy marcada entre lo público y lo privado, el regalo es un fin en sí mismo; porque, si bien lo que está en tela de juicio es, sin duda, el mana de una persona, su indefinible cualidad de prestigio, ésta es inseparable del acto de dar y recibir. "Dar es mostrar la propia superioridad" (4). Como impregna la estructura social y afecta a todas las facetas de la vida, el regalo es un ejemplo de lo que Mauss denomina "un hecho social total". Aunque se produzca a escala individual o de grupo, el intercambio de regalos es, par excellence, un hecho social. La suerte de los individuos y los grupos está inextricablemente ligada a la suerte de la sociedad en su conjunto. Por tanto, para entender las repercusiones y la, importancia de un acto individual de entrega es preciso comprender el carácter de toda la estructura social. La propia estructura triangular del regalo, que implica dar, recibir y corresponder, evoca claramente la idea del hecho social total.
La noción de mana, que se considera ligada a la cualidad indefinible del prestigio en el sistema del regalo, había aparecido previamente en el ensayo de Mauss sobre la magia (5). En él, el autor destaca que mana es uno de los conceptos inquietantes de los que la antropología creía haberse deshecho. Mana es un término vago, oscuro e imposible de definir con rigor. De hecho, observa Mauss, existe una verdadera "infinidad de manas" (6). No se trata sólo de una fuerza, un ser, sino también "una acción, una cualidad y un estado". La palabra es, al mismo tiempo, "un nombre, un adjetivo y un verbo" (7). Mana no puede ser el objeto de experiencia porque absorbe toda la experiencia. En este aspecto, pertenece al mismo orden que lo sagrado. Para Mauss, ello es como decir que mana posee una espiritualidad equiparable al pensamiento colectivo, que equivale a la propia sociedad.
Por su parte, la magia es irregular y tiende hacia algo que la sociedad prohibe. La magia es un acto privado, secreto y singular. Es aislado, misterioso, furtivo y fragmentado. Comprende el aspecto no social del mundo social y es, al mismo tiempo, una amenaza para lo social y el límite que le da sentido. Los magos pueden ser mujeres, niños, extranjeros; cualquier ser "no profesional".
El mana y la magia plantean, pues, la cuestión del carácter exacto del vínculo social.  Para Lévi-Strauss, el hecho mismo de que el mana sea difícil de definir indica que es esencialmente indefinible; o, más bien, dado que puede adoptar múltiples significados, que es un "significante flotante", una "x" indefinible, análoga al fonema "cero" del que hablan los lingüistas de tendencia estructuralista. Dicho fonema no posee significado en sí mismo, pero puede adoptar diversos sentidos dependiendo del contexto y su relación diferencial con otros términos. Ello implica que el mana no puede interpretarse más que de forma sincrónica, en un momento concreto, y no diacrónicamente, en un sentido evolutivo en el que el significado derive de algo anterior. Equiparar mana al "significante flotante" fue la forma que tuvo Lévi-Strauss, en la época de su famoso ensayo de 1950 sobre Mauss, de reclamar a este último para el estructuralismo.
La interpretación estructuralista del mana y el regalo tiene otras consecuencias. Por ejemplo, el hecho de considerar que lo social es análogo a la estructura del lenguaje puede arrojar luz sobre el carácter de lo que evocan el mana y el regalo como "hecho social total". Así, la presentación de los hechos sociales no revelaría inmediatamente el aspecto social, como la gramática de un lenguaje natural no está inmediatamente presente en la conciencia de un nativo. Del mismo modo, afirma Lévi-Strauss, el hecho del intercambio no está inmediatamente presente en la observación empírica, que se limita a proporcionar tres obligaciones: dar, recibir y corresponder. La idea de intercambio explica la relación entre los tres elementos: no existe de manera transparente en los hechos, sino que debe elaborarse a partir de ellos.
En otro estudio importante, el enfoque histórico y contextual que tiene Mauss de los fenómenos sociales está, tal vez, aún más pronunciado. En su examen de las "técnicas del cuerpo" (8), acude al concepto de habitus (9) para examinar cómo las actividades culturales son específicas de una cultura y una sociedad determinadas. Para que exista una técnica corporal deben estar presentes dos elementos: primero, la técnica debe ser eficaz y, por tanto, capaz de producir el efecto deseado; segundo, debe inscribirse en una tradición que permita su transmisión. En pocas palabras, una técnica es algo que puede transmitirse. Para Mauss, las técnicas corporales no son espontáneas ni meramente anatómicas o fisiológicas. Con el fin de ilustrar hasta qué punto los actos supuestamente naturales pueden ser, en realidad, resultado de una técnica, Mauss relata cómo enseñó a escupir a un niño que padecía un resfriado.
Toda técnica corporal tiene su forma. El error del pasado ha consistido, a juicio de Mauss, en pensar que existe una técnica sólo cuando hay un instrumento. Las técnicas corporales son, en realidad, una tecnología sin instrumentos. El marco de una técnica nos permite explicar la importancia de la multitud de pequeñas acciones llevadas a cabo por cada individuo cada día de su vida. La técnica sitúa todos esos casos, que se dan por supuestos, en un marco explicativo con el fin de que dejen de ser algo arbitrario y el resultado del puro azar. El concepto de "técnicas del yo" de Michel Foucault parece tener su precedente claro en los análisis de Mauss sobre esta materia. La relevancia de Mauss es especialmente clara en la comprensión contemporánea de las prácticas si tenemos en cuenta que distingue las categorías específicas de conducta de las técnicas corporales, los actos denominados mecánicos, de tipo "físico y químico". Son también los actos tradicionales y eficaces en el ámbito de la religión, los actos simbólicos, los actos jurídicos, los actos relacionados con la vida comunitaria, los actos morales; en otras palabras, actos que, para Mauss, no pueden quedar reducidos a un hecho puramente físico.
Sin embargo, el pensamiento moderno (cfr.  Foucault, Bourdieu, Althusser) ha puesto en tela de juicio la oposición entre un acto simbólico, presuntamente consciente de sí mismo, y una técnica física. En realidad, de acuerdo con la descripción que Pascal hace de la adquisición de la fe –"arrodíllate, mueve tus labios en una plegaria, y creerás" (10)–, se afirma que incluso el acto más simbólico está inextricablemente ligado a una técnica física, hasta el punto de que se considera que la técnica es anterior al significado simbólico. Y, como para confirmar que él también dudaba de la validez de mantener el aspecto simbólico separado del físico, Mauss termina su reflexión sobre las técnicas corporales afirmando que:

Precisamente creo que, en el fondo de todos nuestros estados místicos, se hallan técnicas corporales que no se han examinado, pero que estaban perfectamente estudiadas en China e India, incluso en épocas muy remotas... Creo que hay medios necesariamente biológicos de entrar "en comunicación con Dios" (11).

Repitamos que Mauss es una fuente poco reconocida de esta corriente del pensamiento contemporáneo que se ocupa del cuerpo.
Por último, debemos destacar, junto con Lévi-Strauss, que Mauss, aún más que Durkheim, mostró que la individualidad, aunque no sea reducible a algo social, siempre posee una expresión social. Es decir, como los hechos sociales sólo se manifiestan en los individuos, la sociedad está en el individuo tanto, o más, que el individuo en la sociedad. Por tanto, en realidad, el tedioso debate sobre si el individuo es anterior a la sociedad o la sociedad es anterior al individuo se acaba con Marcel Mauss. Queda que así lo reconozcan quienes llegaron después que él.


NOTAS

<!--[if !supportLists]-->1.     <!--[endif]-->Este detalle y los siguientes de la biografía de Mauss proceden de Anthony Richard Gringeri, Jr., "Twilight of the Sun Kings: French anthropology from modernism to post-modernism, 1925-1950", tesis doctoral sin publicar, Universidad de California, Berkeley, 1990.
<!--[if !supportLists]-->2.     <!--[endif]-->Claude Lévi-Strauss, "Introduction à l'oeuvre de Marcel Mauss" en Marcel Mauss, Sociologie et anthropologie, París, Presses Universitaires de France, "Quadrige", 8ª. ed., 1983, págs.  IX-LII. Ed. inglesa, Introduction to the Work of Marcel Mauss, trad. de Felicity Baker, Routledge & Kegan Paul, 1987.
<!--[if !supportLists]-->3.     <!--[endif]-->Marcel Mauss, The Gift: The Form and Reason for Exchange in Archaic Societies, trad. de W. D. Halls, Londres, Routledge, 1990, pág. 65.
<!--[if !supportLists]-->4.     <!--[endif]-->Ibíd., pág. 74.
<!--[if !supportLists]-->5.     <!--[endif]-->Marcel Mauss, "Esquisse d'une théorie générale de la magie", en Marcel Mauss, Sociologie et anthropologie, págs. 1-141. Ed. inglesa, A General Theory of Magic, trad. de Robert Brain, Londres y Boston, Routledge & Kegan Paul, 1972.
<!--[if !supportLists]-->6.     <!--[endif]-->Ibíd., pág. 104, trad. inglesa, página 111.
<!--[if !supportLists]-->7.     <!--[endif]-->Ibíd., pág. 101, trad. inglesa, página 108.
<!--[if !supportLists]-->8.     <!--[endif]-->Marcel Mauss, "Les Techniques du corps", en Marcel Mauss, Sociologie et anthropologie, págs. 362-386. Ed. inglesa, "Techniques of the body", trad. de Ben Brewster, Economy and Society, 2, 1 (1973), págs. 70-88.
<!--[if !supportLists]-->9.     <!--[endif]-->Ibíd., págs. 368-369. Trad. inglesa, pág. 73.
<!--[if !supportLists]-->10. <!--[endif]-->Citado en Louis Althusser, Lenin and Philosophy and Other Essays, trad. de Ben Brewster, Londres, New Left Books, 1971, pág. 158.
<!--[if !supportLists]-->11. <!--[endif]-->Mauss, "Les Techniques du corps", pág. 386, y "Techniques of the body", pág. 87.



PRINCIPALES OBRAS DE MAUSS

Nature et function du sacrifice (1989), París, Presses Universitaires de France, 1989.
Esquisse d'une théorie générale de la magie (1902-1903), París, Presses Universitaires de France, 1989.
Essai sur le don (1923-1924), París, Presses Universitaires de France, 1989.  
Introducción a la etnografía, Madrid, Istmo, 1974.
Sociología y antropología, Madrid, Tecnos, 1979.


OTRAS LECTURAS

BLOOR, David: "Durkheim and Mauss revisited: Classification and the sociology of knowledge", Studies in the History and Philosophy of Science, 13, 4 (1982).
CARRIER, James: "Gifts, commodities, and social relations: A Maussian view of exchange", Sociological Forum, 6, 1 (marzo de 1991), págs. 119-136.
CARRII'HERS, Michael, COLLINS, Steven y LUKES, Steven (eds.): Category of the Person: Anthropology, Philosophy, History, Cambridge, Cambridge University Press, 1985. Además de ensayos sobre Mauss, este libro contiene una traducción de su ensayo "A Category of the human mind".
GANE, Mike (ed.): Radical Sociology of Durkheim and Mauss, Londres, Routledge,1992.
LÉVI-STRAUSS, Claude: Introduction to the Work of Marcel Mauss, trad. de Felicity Baker, Londres, Routledge & Kegan Paul, 1987.
RITTER, Henning: "The ethnological revolution: On Marcel", trad. de John Burns, Comparative Civilizations Review, 22 (otoño de 1990), págs. 1-18.