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sábado, 10 de noviembre de 2012

Barthes, Roland (2)


 
Roland Barthes nació en Cherburgo en 1915. Apenas un año más tarde, su padre murió en combate naval en el Mar del Norte, por lo que el hijo creció al cuidado de su madre y, periódicamente, de sus abuelos. Antes de terminar su educación media y secundaria en París, Barthes pasó su infancia en Bayona, en el sudoeste de Francia. Entre 1934 y 1947 sufrió varios brotes de tuberculosis. Y fue durante esos periodos de convalecencia forzosa cuando leyó de forma omnívora y publicó sus primeros artículos sobre André Gide. Después de dar clases en Rumania y Egipto, en donde conoció a A. J. Greimas, y en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, Barthes fue designado para el Collège de France en 1977. Murió en 1980.
Estos datos elementales de su biografía han suministrado frecuentemente a los psicocríticos material para explicar los aspectos subyacentes (inconscientes) de la obra del autor. Sin embargo, Barthes se apodera de ellos y los utiliza como materia prima de sus propios textos, e incluso de su estilo. Así ocurre en dos libros que escribió hacia el final de su vida: Roland Barthes y La cámara lúcida: nota sobre la fotografía. Aquí, la clave es la condición de la materia prima; porque Barthes no pasa a ser, en ningún momento, un autobiógrafo convencional. Por el contrario, convierte su vida en ficción mediante el uso de la tercera persona cuando se refiere (convencionalmente) a sí mismo, cuando –como Joyce– descubre las profundidades de la vida en el «pan» de la experiencia diaria. Por ejemplo, en el ensayo citado sobre la fotografía escribe, a propósito de un retrato de su madre, que había hallado el rostro de ésta –el rostro que había amado– en la fotografía: «La fotografía era muy vieja. Las esquinas estaban melladas por haber estado pegada en un álbum, la impresión en sepia estaba descolorida» (1). Por fin, relata, «estudié a la niña y, al cabo, encontré a mi madre» (2). Entonces suenan en sus oídos las palabras escépticas de Godard: «No es una imagen justa, es justo una imagen» (3). En su aflicción, Barthes desea una imagen justa.
Este estilo «personalizado», característico del último Barthes, confirmó al semiótico y crítico literario como autor por derecho propio. Barthes escribe «novelística sin novela», en palabras propias. En realidad, ésta es probablemente la verdadera base de su originalidad, más que las teorías de la escritura y el significado. Así, en Fragmentos de un discurso amoroso, Barthes afirma que «no sabemos quién habla; habla el texto, eso es todo« (4). Hoy, el discurso de un amante no puede ser sino de soledad; no tiene un tema específico, sino que puede verse invocado por «miles de temas». El discurso del amante, como equivalente de la novelística, se convierte en el discurso de la construcción del discurso de un amante: un puro tejido de voces que manifiestan lo que querríamos y podríamos decir si se representase la narración.
La obra de Roland Barthes encarna una diversidad significativa. Se mueve entre la teoría semiótica, los ensayos de crítica literaria, la presentación de los textos históricos de Jules Michelet en función de sus obsesiones, un estudio psicobiográfico de Racine, que escandalizó a ciertos sectores del mundo literario francés, y las obras más «personalizadas» sobre el placer del texto, el amor y la fotografía.
Aunque en el primer Barthes es ya visible cierto refinamiento de estilo, su objetivo era analizar y criticar la cultura y la sociedad burguesas. Mitologías (1957) es el ejemplo más claro. En esta obra, las imágenes y los mensajes cotidianos de la publicidad, el espectáculo, la cultura literaria y popular, los bienes de consumo, se someten a un escrutinio reflexivo de aplicación y resultados extraordinatíos. A veces, la prosa de Barthes en Mitologías recuerda a la de Walter Benjamin, por su capacidad de combinar una sensación de delicadeza y minuciosidad con la agudeza crítica. Sin embargo, a diferencia de Benjamin, Barthes no es esencialmente un filósofo marxista, ni un crítico cultural de inspiración religiosa. En los años 50 y 60 es un semiótico: alguien que concibe el lenguaje, a partir de la teoría del signo de Saussure, como base para entender la estructura de la vida social y cultural.
El semiótico incipiente formula una teoría del mito que sirve para apoyar los textos de Mitologías. El mito es hoy, afirma Barthes, un mensaje; no un concepto, una idea ni un objeto. Más en concreto, el mito se define «por cómo expresa su mensaje»; es, por tanto, un producto del «habla» (parole), más que del «lenguaje» (langue). Con la ideología, lo que se dice es crucial, y sirve para ocultar. Con el mito, lo crucial es cómo dice lo que dice, y distorsiona. En realidad, el mito «no es una mentira ni una confesión: es una inflexión» (5). Por consiguiente, en el ejemplo del soldado negro que saluda a la bandera francesa, que Barthes tomó de la portada de Paris Match, el negro se convierte, para el lector del mito, en «la verdadera presencia del carácter imperial francés». La explicación de Barthes es que, como el mito no oculta nada, su eficacia está garantizada: su poder revelador es el medio para la distorsión. Es como si el mito fuera el escándalo que ocurre a plena luz del día. Ser lector de mitos –en contraste con un elaborador de mitos o un mitólogo que los descifra– es aceptar el mensaje tal como se presenta. O, mejor dicho, el mensaje del mito es que no existe distinción entre el significante (el soldado negro que saluda a la bandera francesa) y el significado (el imperio francés). En pocas palabras, el mensaje del mito es que no necesita que lo descifren, interpreten o desmitifiquen. Como explica Barthes, leer la imagen como un símbolo (transparente) es renunciar a su realidad de imagen; si la ideología del mito es evidente, entonces no sirve como mito. Y al contrario, para que el mito funcione como mito, debe parecer totalmente natural.
Pese a esta aclaración sobre la condición de mito, las dificultades para apreciar su profundidad derivan de lo ambicioso del proyecto de distinguir mito de ideología y un sistema de signos que requiere interpretación. Si, por un lado, los comentaristas de Barthes han pasado frecuentemente por alto la sutileza de otorgar al mito una categoría sui generis de habla naturalizada, sigue siendo importante saber qué repercusiones podría tener, aparte de la percepción de que el éxito del mito supone que no sea analizable como tal.
El análisis y el ejercicio de la escritura, que empieza en Le Degré zèro de l'écriture (1953), ofrece otra pista sobre las preocupaciones implícitas en Mitologías. Éstas se centran en el reconocimiento de que el lenguaje es un sistema relativamente autónomo y que el texto literario, en vez de ser el transmisor de una ideología o el signo de un compromiso político, o la expresión de valores sociales o, por último, un vehículo de comunicación, es opaco, y no natural. Para Barthes, lo que define la era burguesa, desde el punto de vista cultural, es su negativa sobre la opacidad del lenguaje y la instalación de una ideología centrada en la idea de que el verdadero arte es verosimilitud. En cambio, el grado cero de la escritura es la forma que, en su neutralidad (estilística), acaba atrayendo la atención. Indudablemente, la escritura del nouveau roman (inspirada inicialmente por Camus) ejemplifica esta forma: sin embargo, esa neutralidad de estilo se revela enseguida, sugiere Barthes, como un estilo de neutralidad. Es decir, en un momento histórico determinado (Europa tras la Segunda Guerra Mundial), sirve como medio de mostrar el predominio del estilo en toda la escritura; el estilo prueba que la escritura no es natural, que el naturalismo es una ideología. De modo que, si el mito es el modo de naturalización par excellence, como propone Mitologías, sí oculta algo, en definitiva: su base ideológica.
El influyente estudio de Barthes sobre la narrativa, de 1964 (6), continúa su misión de desenmascarar los códigos de lo natural, visibles entre líneas en las obras de los años 50. Barthes adopta como guía un relato de James Bond y analiza los elementos que son estructuralmente necesarios (el lenguaje, la función, las acciones y la narración de la narrativa) para que ésta se desarrolle, como si no fueran resultado de códigos convencionales. Es característico que la sociedad burguesa niegue la presencia de ese código; quiere «signos que no parezcan signos». Sin embargo, un análisis estructural de los textos implica cierto grado de formalización que Barthes empezó a rechazar. En contraste con teóricos como Greimas, al lector le impresiona casi siempre el grado de libertad e informalidad de su escritura. Aunque aparecen cierta notación lingüística, diagramas y cifras en obras como El sistema de la moda, Barthes no estaba satisfecho con esta incursión en el «cientifismo» y sólo publicó su libro sobre la moda (inicialmente pensado como tesis doctoral) a insistencia de amigos y colegas. Sin embargo, en El sistema de la moda es donde Barthes aclara una serie de aspectos del método semiótico o estructural en el análisis de los fenómenos sociales. La semiología, al final, examina las representaciones colectivas, más que la realidad a la que éstas pueden referirse, como hace la sociología. El método estructuralista intenta reducir la diversidad de fenómenos a una función general. La semiología –inspirada por Saussure– está siempre viva para la faceta significante de las cosas. En realidad, muchas veces se encarga de revelar el lenguaje (langue) de un campo como el de la moda. Por ello Barthes moviliza todos los recursos de la teoría lingüística –especialmente el lenguaje como sistema de diferencias– con el fin de identificar el lenguaje (langue) de la moda en su estudio de dicho campo.
  Gran parte de El sistema de la moda, no obstante, es un discurso sobre el método, porque la moda no equivale a ningún objeto real que puede describirse y del que se puede hablar de forma independiente. La moda está implícita en los objetos, o en la forma de describirlos. Para facilitar el análisis, Barthes limita el campo: Su área consistirá en los signos escritos de la moda para las mujeres tal como aparecen en dos revistas de moda entre junio de 1958 y junio de 1959. El inconveniente es que en ellas no se escribe nunca directamente sobre la moda, sino que ésta se encuentra en connotaciones. El sistema de moda implica siempre que las cosas (prendas de vestir) se dan de modo natural o funcional: unos zapatos son «ideales para andar», mientras que otros están hechos «para una ocasión especial...». Los textos sobre moda, pues, se refieren a las prendas de vestir, no a la moda propiamente dicha. Si este tipo de escritura tiene un significado (la prenda), está claro que no es la moda. El lenguaje de la moda sólo se manifiesta cuando se tiene en cuenta la relación entre significante y significante, y no la relación (arbitraria) entre significante y significado. La relación entre significantes constituye el signo de la vestimenta. Barthes orienta su estudio con arreglo a una serie de ejes, todos ellos relacionados con el carácter de la significación. Después de unas reflexiones metodológicas, examina la estructura del código del vestido en virtud de: el significante moda –en el que el significado se deriva de la relación entre objeto (por ejemplo, una chaqueta), soporte (por ejemplo, el cuello) y variación (por ejemplo, de cuello abierto)– y el significado moda: el contexto externo del objeto moda (por ejemplo, «tusser = verano»). El signo moda, sin embargo, no es la mera combinación de significante y significado porque la moda es siempre una connotación, y no una denotación. El signo de la moda es la propia escritura sobre moda, que, como explica Barthes, «es "tautológico", porque la moda no es nunca más que la prenda de moda» (7).
  En la tercera parte de El sistema de la moda, Barthes examina el sistema retórico de la moda. Dicho sistema captura «todo el código del vestir». E, igual que en el caso de este último, en el sistema retórico se examina la naturaleza del significante, el significado y el signo. La retórica del significante en el código del vestir abre una dimensión poética, dado que la prenda descrita no posee valor productivo demostrable. La retórica del significado se relaciona con el mundo de la moda, una especie de mundo «novelístico» imaginario. Por último, la retórica del signo equivale a las racionalizaciones de la moda: la transformación que sufre la prenda de moda descrita en algo que es necesario porque cumple naturalmente su propósito (por ejemplo, prendas de noche) y cumple naturalmente su propósito porque es necesario.
  Una obra posterior de Barthes, S/Z, analiza el relato corto Sarrasine de Balzac y es un intento de hacer explícitos los códigos narrativos que actúan en un texto realista. Sarrasine, afirma Barthes, está tejido con códigos de naturalización, un proceso semejante al que se ve en la retórica del signo moda. Barthes trabaja aquí con cinco códigos: hermenéutico (presentación de un enigma); sémico (significado connotativo); simbólico; proairético (la lógica de las acciones) y gnómico, el código cultural que evoca un conjunto de conocimientos específico. La lectura de Barthes no pretende tanto construir un sistema muy formal de clasificación de los elementos narrativos como mostrar que las acciones más plausibles, los detalles más convincentes o los enigmas más intrigantes son productos del artificio, más que una imitación de la realidad.
  Después de analizar a Sade, Fourier y Loyola como «logotetas» y fundadores de «lenguajes» en Sade, Fourier, Loyola –un ejercicio que recuerda el «lenguaje» (langue) de la moda–, Barthes escribe sobre el placer y la lectura en Le Plaisir du texte. Este libro supone un anticipo del estilo de escritos sucesivos, más fragmentado, personalizado y semificticio. El placer del texto «está vinculado a la coherencia del yo, del sujeto que confía en sus valores de comodidad, expansividad y satisfacción» (8). Dicho placer, que es típico del texto legible, contrasta con el texto de jouissance (el texto para disfrutar, la felicidad, la pérdida de uno Mismo). El texto de placer tiene, a menudo, una delicadeza y un refinamiento supremos, a diferencia del texto poético de jouissance, muchas veces ilegible. Los propios textos de Barthes, especialmente a partir de 1973, se pueden definir con precisión con arreglo a esta concepción del placer. Tras destilar el lenguaje (langue) de otros, Barthes empezó, como autor de placer, a dar salida a su propio lenguaje único. Desde una situación en la que se convirtió en médico por temor a no ser capaz de escribir (especialmente ficción), Barthes no sólo se convirtió en un gran autor, sino que desdibujó la distinción entre crítica y escritura (poética).


NOTAS

1.     Roland Barthes, Camera Lucida: Reflections on Photography, trad. de Richard Howard, Londres, Vintage, 1991, pág. 67.
2.     Ibíd., pág. 69.
3.     Ibíd., pág. 70.
4.     Roland Barthes, A Lover's Discourse, trad. de Richard Howard, Nueva York, Hill & Wang, 1978, 6a. impr. 1984, página, 112.
5.     Roland Barthes, Mythologies, trad. de Annette Lavers, St. Albans, Hert., Paladin, 1973, pág. 129.
6.     Roland Barthes, «Introduction è l'analyse structurale des récits», Communications, 8 (1966), págs. 1-27. Ed. inglesa, «Introduction to the structural analysis of narratives» (1964), en Image-Music-Text, trad. de Stephen Heath, Glasgow, Fontana/Collins, 2a. impr. 1979, págs. 79-124.
7.     Roland Barthes, The Fashion System, trad. de Matthew Ward y Richard Howard, Nueva York, Hill and Wang, 1983, 2a. impr. 1984, pág. 220, n. 16.
8.     Roland Barthes, The Grain of the Voice, Interviews 1962-1980, trad. de Linda Coverdale, Nueva York, Hill & Wang, 1985, pág. 206. Traducción modificada.



PRINCIPALES OBRAS DE BARTHES

Le Degré zéro de l'écriture, París, Seuil, 1953.
Mitotogías (1957), Madrid, Siglo XXI, 1980.
Sur Racine, París, Seuil, 1963.
Ensayos críticos (1964), Barcelona, Seix-Barral, 1983.
Systéme de la mode, París, Seuil, 1967.
S/Z, París, Seuil, 1970.
El imperio de los signos (1970), Barcelona, Mondadori, 1991.
Sade, Fourier, Loyola (1971), Madrid, Cátedra, 1997.
Le Plaisir du texte, París, Seuil, 1972.
Roland Barthes (1975), Barcelona, Kairós, 1978.
Fragmentos de un discurso amoroso (1977), Madrid, Siglo XXI, 1993.
La cámara lúcida: nota sobre la fotografía (1980), Barcelona, Paidós, 1994.
La aventura semiológica (1985), Barcelona, Paidós, 1993.
Incidentes, Barcelona, Anagrama, 1987.
Lo obvio y lo obtuso:  imágenes, gestos, voces, Barcelona, Paidós, 1992.
El susurro del lenguaje: más allá de la palabra y la escritura, Barcelona, Paidós, 1994.


OTRAS LECTURAS

CULLER, Jonathan, Roland Barthes, Nueva York, Oxford University Press, 1983.

LAVERS, Annette, Roland Barthes: Structuralism and After, Harvard, Harvard University Press, 1982.

MORIARTY, Michael, Roland Barthes,Cambridge, Polity Press, 1991.

Barthes, Roland



Cherburgo, Francia, 12 de noviembre de 1915. Estudió en París en los liceos Montaigne y Louis le Grand, enfermando de tuberculosis antes de terminar el bachillerato, hecho que lo obligara a alternar sus estudios con largas hospitalizaciones. Tras estudiar letras clásicas en la Sorbona, donde funda el Groupe de Theatre Antique, con el que viaja a Grecia, obtiene el diploma de estudios superiores e inicia su actividad académica. En 1947 comienza a publicar artículos en Combat que serán la base de su primer libro. Posteriormente será Lector de Francés en Rumania y Egipto. En los años cincuenta trabaja en la Dirección General del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia. Más tarde será investigador en el Centre Nationale de la Recherche Scientifique, luego Director de Estudios en l'École Pratique des Hautes Etudes. En 1977 ocupa la cátedra de Semiología Literaria en el Collège de France. Muere en París, en accidente de tránsito, el 25 de marzo de 1980.

Renombrado crítico y ensayista, puede decirse que su obra ha trascendido notablemente esta caracterización inicial, teniendo en cuenta sus considerables aportes y la influencia ejercida sobre diversas esferas del conocimiento contemporáneo. Así, desde su formación en letras clásicas y tomando la múltiple herencia de la lingüística, el estructuralismo, la psicología y el marxismo, Barthes ha elaborado uno de los cuerpos conceptuales más ricos, personales y fecundos de nuestra época.
         Ha sido en primer lugar el constructor de la Semiología, la ciencia de los signos que implica la comprensión de los vínculos existentes entre el mundo de los significados y el real o tangible. Partiendo de la distinción entre lengua y habla establecida por Ferdinand de Saussure en su Curso de Lingüística General, Barthes lleva este esquema más allá del campo del lenguaje propiamente dicho, hasta el de los fenómenos sociales, que analiza como sistemas de signos susceptibles de ser leídos como discursos.
         Halla en el estructuralismo la forma para esa lectura, es decir, para la comprensión de los sistemas de signos, a través del desciframiento de la armazón interna de las diversas representaciones de la realidad. Si Lévi-Strauss había hecho del análisis estructural el método para el conocimiento y comprensión de las formas de pensamiento de las sociedades primitivas, Barthes lo utiliza para desentrañar los complejos mecanismos de funcionamiento y significación propios de la sociedad de consumo en la que, a partir del surgimiento y creciente complejización de los medios masivos de comunicación, los símbolos o apariencias han pasado a reemplazar a lo real que representan.  La búsqueda de una lógica social escapará entonces a la sociología para pertenecer a una socio-lógica, que no excluye a la anterior pero que la específica. Al respecto queda evidenciado el legado del marxismo en el nexo con la noción de superestructura, puesto que para Barthes los sistemas de ideas y representaciones que se imponen como universales tienen en realidad un origen de clase, emergente de la conciencia burguesa.
         Su tarea como crítico, en segundo lugar, ha tenido una trascendencia excepcional. Dedicó a ella buena parte de su esfuerzo intelectual a través de varios libros e infinidad de artículos tanto sobre autores clásicos (Michelet, Voltaire), como de vanguardia (Brecht, Robbe-Grillet). Pero su verdadera dimensión en este sentido se define por sus planteamientos y aportes vinculados a la necesidad de una nueva crítica,  a la que concebía desprovista de los esquemas rígidos de la que se practicaba en la universidad, pero sobre todo ajena a los factores externos al texto mismo. El grado cero de la escritura, inspirado en la lectura de Camus y en el que hace al mismo tiempo una reflexión sobre el lenguaje y el estilo, y un análisis de diferentes etapas de la literatura francesa, fue considerado en su momento un verdadero manifiesto de esa nueva crítica. Luego vendrán los Ensayos Críticos, reunión de número importante de artículos publicados durante una década, que serán, según sus propias palabras, como "eslabones en una cadena de sentidos". Su ensayo Sobre Racine será el detonante de un debate que lo enfrentará con parte del mundo académico, y del cual saldrá victorioso con un preciso alegato en Crítica y Verdad, donde sienta su posición al respecto: no el autor ni la obra, sino el texto es el verdadero objeto de la ciencia literaria.
         De cualquier manera, los análisis que realiza sobre diferentes aspectos de la realidad distan de ser ahistóricos, puesto que giran básicamente alrededor de la cultura francesa, entendida además como producto de un determinado sector social. Así, en Mitologías se centra en los mitos cotidianos por medio de los cuales se reconoce como propio de la naturaleza lo que es para el producto de la ideología; los ejemplos que desarrolla son muchos, y van desde la lucha libre hasta la publicidad.
         Respecto al resto de su obra, tanto en Elementos de semiologia como en Sistema de la moda traza algunos de los rasgos definitorios de su pensamiento. En el primero desarrolla las bases de aquella disciplina, sustentada en que todo acto u objeto equivale a un lenguaje o sistema de signos, portador de significado. La extensión a otros campos de la diferenciación entre sistema y sintagma le permite un análisis de la moda entendida como uno de los muchos sistemas con cuya lectura se accede a la comprensión de cierta organización ideológica de la sociedad.
         De todos modos, Barthes se caracterizó por una constante evolución personal que lo llevó a renegar a menudo de posturas anteriores y en sus últimos años a manifestar cansancio ante las doctrinas de cualquier índole aunque hubieran sido propias. En los años setenta reanuda el análisis literario, pero desde perspectivas que se han interpretado como un alejamiento del estructuralismo. Por ejemplo, S/Z, trabajo sobre una novela corta de Balzac, le sirve para proponer una lectura basada en la pluralidad de significados. En El placer del texto y en Barthes por Barthes -este último un retrato de si mismo en el que rehuye las convenciones autobiográficas- propone a su vez la recuperación del goce, esto es, de cierto hedonismo en el vínculo con el texto, que considera, con un claro sentido psicologista, "un objeto de placer como cualquier otro".
         A modo de recurso estilistico y metodológico de Barthes, cabe señalar en primer lugar el uso de oposiciones "voluntariamente artificiales", según sus propias palabras, utilizadas para sistematizar o clarificar conceptos (escritura-escribancia, placer-goce, denotación-connotación); y por la otra, la fragmentación de los textos en unidades de sentido, de lo cual es un buen ejemplo uno de sus últimos libros, el singular Fragmentos de un discurso amoroso, en el que a partir de trozos literarios y testimonios desarrolla lo que el llama "figuras", especie de repertorio del discurso o "soliloquio" del enamorado.
         Mucho puede agregarse todavía sobre hechos o personas que tuvieron incidencia sobre el trabajo de Barthes: su pasión por el teatro desarrollada a partir del conocimiento de Brecht, la influencia de Sartre, su interés por Sade, Flaubert y Proust, su proximidad con el grupo Tel Quel. Es que la amplitud y complejidad de la obra barthesiana impide abarcarla en su totalidad sin omisiones. Además, el interés inagotable que presenta ha movido a muchos estudiosos a volcarse sobre ella fervorosamente. Es el caso de Susan Sontag, quien, en un ensayo que le dedica, define a este autor como "moralista, hombre de letras, filósofo de la cultura, erudito de ideas pujantes, autobiógrafo proteico", al mismo tiempo que "paseante solitario" y "escritor con muchos mas meritos que los que actualmente le atribuyen sus admiradores más fervientes". 


Bibliografía:        

Le Degré zéro de l'ecriture, 1953 (trad. esp., El grado cero de la escritura, 1967); reed.: Le Degré zéro de l'ecriture suivi de Nouveaux Essais critiques, 1972 (trad. esp., El grado cero de la escritura seguido de Nuevos Ensayos críticos, 1973). 
Michelet par lui-même, 1954. 
Mythologies, 1957 (trad. esp., Mitologías, 1980). 
Sur Racine, 1963 (trad. esp., Sobre Racine, 1992). 
Essais Critiques, 1964 (trad. esp., Ensayos Críticos, 1967).
Eléments de sémiologie, 1965 (trad. esp., Elementos de semiología, 1971). 
Critique et Verité, 1966 (trad. esp., Crítica y verdad, 1972).
Système de la Mode, 1967 (trad. esp., Sistema de la moda, 1978). 
S/Z, 1970 (trad. esp., S/Z, 1980). 
L'Empire des Signes, 1970 (trad. esp., El imperio de los signos, 1991). 
Recherches Rhétoriques, 1970 (trad. esp.  Investigaciones retóricas I, 1974). 
Sade, Fourier, Loyola, 1971 (trad. esp., Sade, Fourier, Loyola, 1977). 
Le Plaisir du Texte, 1973 (trad. esp., El Placer del Texto, 1974).
¿Por dónde empezar? (antología española, 1974). 
Roland Barthes par Roland Barthes, 1975 (trad. esp., Roland Barthes por Roland Barthes, 1978).
Leçon Inaugurale de la Chaire de Sémiologie Littéraire du Collège de France, 1978 (trad. esp., El placer del Texto, seguido de la Lección Inaugural, 1980). 
Fragments d'un Discours Amoureux, 1977 (trad. esp., Fragmentos de un discurso amoroso, 1982).
La Chambre Claire. Note sur la photographie, 1980 (trad. esp., La cámara lúcida. Nota sobre la fotografia, 1982). 
Le Grain de la Voix: entretiens, 1962-1980, 1981 (trad. esp., El grano de la voz, 1985).  L'Obvie et l'Obtus: Essais Critiques III, 1982 (trad. esp., Lo Obvio y lo Obtuso: imágenes, gestos, voces, 1986). 
L'aventure sémiologique, 1985 (trad. esp., La aventura semiológica, 1990). 
Incidentes, 1987. 
El susurro del lenguaje: más allá de la palabra y de la escritura, 1987.

martes, 30 de octubre de 2012

Saussure, Ferdinand de




Hasta 1960, pocas personas habían oído el nombre de Ferdinand de Saussure, dentro o fuera de los círculos académicos. Pero, a partir de 1968, la vida intelectual europea se llenó de referencias al padre de la lingüística y el estructuralismo. Que Saussure fue tanto un catalizador como un innovador intelectual se confirma porque la obra por la que es actualmente famoso fuera del campo de la lingüística –el Curso de língüística general– se recopiló a partir de tres series de apuntes de alumnos durante los años en los que impartió este curso en la Universidad de Ginebra, en 1907, 1908-1909 y 1910-1911. Da que pensar el hecho de que Saussure, lingüista y, para la comunidad académica más amplia y el público general, un oscuro especialista en sánscrito y lenguas indoeuropeas, se conviertiera en la fuente de innovación intelectual para las ciencias sociales y las humanidades. Indica que había ocurrido algo extraordinario en la historia del siglo xx, que un nuevo modelo de lenguaje basado en el método estructural de Saussure estaba apareciendo para convertirse en el modelo de teorización de la vida social y cultural. La teoría saussuriana tiene su base en la historia de la lingüística y sus repercusiones se extienden a todas las ciencias sociales. De modo que debemos examinar estos aspectos.
Saussure nació en Ginebra el 26 de noviembre de 1857, en el seno de una de las familias más conocidas de la ciudad, famosa por sus triunfos científicos. Fue contemporáneo directo de Émile Durkheim y Sigmund Freud, aunque hay pocas pruebas de que entrara jamás en contacto con ninguno de ellos. Tras un año insatisfactorio de estudios de física y química en la Universidad de Ginebra, en 1875, Saussure fue a la Universidad de Leipzig a estudiar lenguas. Después de dieciocho meses de estudiar sánscrito en Berlín, publicó, a los veintiún años, su aclamada mémoire, titulada Mémoire sur le système primitif des voyelles dans les langues indoeuropéennes (Memoria sobre el sistema primitivo de vocales en las lenguas indoeuropeas). Cincuenta años después de la muerte de Saussure, (ocurrida en Ginebra  el 22 de febrero de 1913) el famoso lingüista francés Émile Benveniste afirmaría, a propósito de esta obra, que fue un presagio de toda la investigación futura de Saussure sobre la naturaleza del lenguaje, inspirada por la teoría del carácter arbitrario del signo.
En 1880, después de defender su tesis sobre el caso genitivo absoluto en sánscrito, Saussure se trasladó a París, y en 1881, a los veinticuatro años, fue nombrado lector de alto alemán gótico y antiguo en la École Pratique des Hautes Études. Durante algo más de un decenio, Saussure enseñó en París, hasta que le nombraron profesor de sánscrito y lenguas indoeuropeas en la Universidad de Ginebra.
A pesar de la aclamación de sus colegas y de su dedicación al estudio del lenguaje, las publicaciones de Saussure empezaron a disminuir con el paso de los años. Según explicó, estaba insatisfecho con el carácter de la lingüística como disciplina –su falta de reflexión, su terminología (1)–, pero se sentía incapaz de escribir un libro que renovara dicha disciplina y le permitiera continuar con su trabajo de filología.
La obra tan famosa actualmente, Curso de lingüística general, compuesta por las notas de varios cursos de Saussure y los apuntes de sus alumnos, podría considerarse quizá un cumplimiento parcial de su opinión de que era necesario reexaminar el lenguaje en sí para trasladar la lingüística a una base más firme.
Dentro de la historia de la lingüística suele considerarse que el enfoque de Saussure, patente en el Curso, opuso dos influyentes opiniones contemporáneas sobre el lenguaje. La primera era la establecida en 1660 por la Grammaire de Port-Royal, de Lancelot y Arnauld, en la que se cree que el lenguaje es un reflejo de las ideas y se basa en una lógica universal. Para los gramáticos de Port-Royal, el lenguaje es fundamentalmente racional. La segunda opinión es la de la lingüística del siglo xix, en la que se pensaba que la historia de una lengua concreta explicaba el estado actual de dicha lengua. En este último caso, se creía que el sánscrito, el idioma sagrado de la antigua India, considerado el más antiguo de todos, era además el vínculo que conectaba a todas las lenguas, de modo que, en definitiva, el lenguaje y su historia se hacían uno. La tesis neogramática (así se llamó el movimiento) de Franz Bopp sobre el sistema de conjugaciones del sánscrito en comparación con otras lenguas (Über das Konjugations-system der Sanskritsprache (El sistema de conjugaciones de la lengua sánscrita) inició la lingüística histórica, y las primeras enseñanzas e investigaciones de Saussure no contradijeron la postura neogramática sobre la importancia esencial de la historia para entender la naturaleza del lenguaje. Sin embargo, el aspecto de la Mémoire que destacó Benveniste en el quincuagésimo aniversario de la muerte de Saussure –el papel de la arbitrariedad en la lengua– se siente con enorme fuerza en el Curso.
El enfoque histórico de la lengua y, en menor medida, el enfoque racionalista, suponen que el lenguaje es esencialmente el proceso de nombrar –asociar palabras a cosas, sean éstas, o no, imaginarias– y que existe cierto vínculo intrínseco entre el nombre y su objeto. Se creía que era posible determinar históricamente –o incluso prehistóricamente– por qué un nombre determinado llegaba a asociarse a un objeto o idea particular. Cuanto más nos remontábamos en la historia, más cerca estábamos, presuntamente, de llegar a la coincidencia entre nombre y objeto. Como decía Saussure, esta perspectiva supone que el lenguaje es, sobre todo, una nomenclatura: una colección de nombres para objetos e ideas.
¿Cuáles son, pues, los elementos clave de la teoría de Saussure, tal como se manifiestan en el Curso? Para empezar, Saussure traslada el centro de atención de la historia de la lengua, en general, al examen de la configuración actual de una lengua natural concreta, como el inglés o el francés. Con ello, la historia de la lengua se convierte en una historia de las lenguas, sin que haya un vínculo a priori entre ellas, como habían supuesto los lingüistas del siglo xix.
Centrarse en la configuración actual de (una) lengua es, automáticamente, centrarse en la relación entre los elementos de esa lengua, no en su valor intrínseco. La lengua, afirma Saussure, está siempre organizada de una manera concreta. Es un sistema, o una estructura, en la que ningún elemento tiene significado fuera de sus límites. En un fragmento muy enérgico e insistente del Curso, Saussure explica: «En el lenguaje [lengua] no hay más que diferencias. Aún más importante: una diferencia, en general, implica unos términos positivos entre los que se establece la diferencia; pero en el lenguaje existen sólo diferencias sin términos positivos» (2). Lo importante no es sólo que el valor o el significado se establezca a través de la relación entre un término y otro en el sistema de la lengua –de modo que, en el ejemplo usado por Saussure, se puede escribir «t» de diversas formas y entenderse siempre–, sino que los propios términos del sistema son producto de esa diferencia: no existen términos positivos anteriores al sistema. Ello quiere decir que una lengua existe como una especie de totalidad, o no existe en absoluto. Saussure emplea la imagen del juego de ajedrez para ilustrar el carácter diferencial del lenguaje. Porque, en el ajedrez, no sólo ocurre que la configuración actual de las piezas sobre el tablero es lo único que interesa al recién llegado (no sirve para nada saber cómo han llegado las piezas a esa colocación), sino que éstas podrían sustituirse por cualquier tipo de objetos (un botón podría reemplazar al rey, etc.), porque lo que constituye la viabilidad del juego es la relación diferencial entre las piezas y no su valor intrínseco. Concebir el lenguaje como un juego de ajedrez, en el que la posición de las piezas en un momento concreto es lo que cuenta, es verlo desde una perspectiva sincrónica. Por el contrario, dar prioridad al enfoque histórico –como hacía el siglo xix– es juzgar el lenguaje desde una perspectiva diacrónica. En el Curso, Saussure prefiere el aspecto sincrónico sobre el diacrónico porque ofrece una imagen más clara de los factores presentes en cualquier estado de la lengua.
Otro principio que tiene la misma importancia para captar la peculiaridad de la teoría de Saussure es el de que el lenguaje es un sistema de signos, y cada signo se compone de dos partes: un significante (signifiant) (palabra o pauta de sonido) y un significado (signifié) (concepto). A diferencia de la tradición en la que se educó, pues, Saussure no acepta que el vínculo esencial dentro del lenguaje sea el que existe entre la palabra y el objeto. Por el contrario, el concepto de signo de Saussure indica la relativa autonomía del lenguaje en relación con la realidad. Más fundamental aún es que Saussure enuncia lo que se ha convertido, para el público moderno, en el principio más influyente de su teoría lingüística: que la relación entre el significante y el significado es arbitraria. Partiendo de este principio, ya no se supone que la etimología y la filología revelen la estructura básica del lenguaje, sino que la mejor forma de captarla es entender cómo cambian los estados del lenguaje (es decir, las configuraciones o totalidades lingüísticas concretas). La postura «nomenclaturista» pasa a ser, así, una base totalmente insuficiente para la lingüística.
Quizá los términos que han provocado más dificultades conceptuales y atraído más críticas en relación con la teoría de Saussure son langue (el lenguaje natural particular, concebido como estructura o sistema) y parole (actos de habla individuales, o actos de lenguaje como proceso). Este par conceptual introduce la distinción entre el lenguaje que existe como una estructura más o menos coherente de diferencias y el lenguaje tal como lo practica la comunidad de hablantes. Aunque Saussure afirmó en el Curso que la estructura lingüística específica es distinta del habla y que la base del lenguaje, como hecho social, debe captarse exclusivamente en el plano de la estructura, también es cierto que nada entra en el ámbito de la estructura lingüística sin hacerse antes manifiesto en actos de habla individuales. Más importante, el grado de totalidad de la estructura sólo puede saberse con certeza si se conocen también todos los actos de habla. En este sentido, el ámbito de la estructura es siempre, para Saussure, más hipotético que el ámbito del habla. Sin embargo, todo depende de que se examine el habla desde un punto de vista individual y psicológico o centrándose en toda la comunidad de hablantes. En el primer caso, una cosa es concebir el lenguaje a través del habla del individuo como individuo; otra muy distinta es verlo a través de los actos de habla de toda la comunidad. El argumento de Saussure es que el lenguaje es fundamentalmente una institución social y que, por tanto, el enfoque individual resulta insuficiente para el lingüista.
El lenguaje está siempre cambiando. Pero no cambia a petición de los individuos; cambia con el tiempo independientemente de las voluntades de los hablantes. Desde una óptica saussuriana, el lenguaje forma a los individuos tanto como éstos forman el lenguaje, y el problema es si esta concepción podría tener repercusiones en otras disciplinas de las ciencias sociales. De hecho, así lo vieron los teóricos incluidos en la rúbrica del «estructuralismo» durante los años 60.
Con la aparición del modelo saussuriano en las ciencias humanas, el investigador trasladó su atención del hecho de documentar sucesos históricos o registrar los hechos de la conducta humana hacia el concepto de acción humana como sistema de significado. Ello fue consecuencia de subrayar, a un nivel social más amplio, el carácter arbitrario del signo y la idea correspondiente del lenguaje como sistema de convenios. Si bien, hasta entonces, se había llevado a cabo la búsqueda de hechos intrínsecos y sus efectos (por ejemplo, cuando el historiador suponía que los seres humanos necesitan alimentos para sobrevivir, del mismo modo que necesitan el lenguaje para comunicarse entre sí y, por consiguiente, los hechos se desarrollaron de esta manera), ahora el objeto de estudio pasa a ser el sistema sociocultural en un momento concreto de la historia. Se trata de un sistema dentro del cual está también inscrito el investigador, igual que el lingüista está comprendido en el lenguaje. De modo que el hecho de ser más reflexivo pasa a tener un interés esencial.
Para muchos autores, como el antropólogo Claude Lévi-Strauss, el sociólogo Pierre Bourdieu o el psicoanalista Jacques Lacan, como para Roland Barthes en la crítica literaria y la semiótica, las hipótesis de Saussure prepararon el camino inicial para un enfoque más riguroso y sistemático de las ciencias humanas, un método que intentase tomar verdaderamente en serio la prioridad del terreno sociocultural para los seres humanos. Igual que Saussure había destacado la importancia de no estudiar los actos de habla separados del sistema de convenios que les dan su vigencia. El foco del estudio es la sociedad o la cultura en un estado de desarrollo determinado, y no las acciones humanas particulares, pasadas ni presentes. Si la generación anterior (la generación de Sartre) había intentado descubrir la base natural (intrínseca) de la sociedad humana en la historia –del mismo modo que los lingüistas del siglo xix habían intentado revelar los elementos naturales del lenguaje–, los esfuerzos de la generación estructuralista se dirigieron a mostrar que las relaciones diferenciales de los elementos en el sistema –que podría ser una serie de textos, un sistema de parentesco o el medio de la fotografía de moda– producían un significado, o significados, y, por tanto, debían «leerse» e interpretarse. En otras palabras, se piensa que el estudio de la vida sociocultural implica descifrar los signos centrándose en su valor diferencial, no en su valor sustancial putativo (con frecuencia equiparado a «natural»), y prestando atención al plano sintomático de la significación, además del nivel explícito.
Así, pues, la estructura, inspirándose en la teoría del lenguaje de Saussure, puede referirse al «valor» de los elementos en un sistema, o contexto, y no sólo a su existencia física o natural. Ahora se comprende que la existencia física de una entidad es más compleja debido a las influencias del medio lingüístico y cultural. La estructura nos recuerda que ninguna cosa social o cultural (incluyendo, por supuesto, lo individual) existe como un elemento «positivo» y esencial aislado de todos los demás elementos. Este enfoque es el contrario del adoptado en la filosofía política de los siglos xviii y xix, donde se situaba al individuo biológico en el origen de la vida social. Y, del mismo modo que esta filosofía no creía que existiese ninguna sociedad antes que el individuo, también negaba la relativa autonomía del lenguaje.
Seguramente la principal objeción que puede hacerse a la traducción del énfasis de Saussure sobre la estructura al estudio de la vida social y cultural es que no deja espacio suficiente para la práctica y la autonomía individual. El hecho de concebir la libertad humana como un producto de la vida social, en vez de su origen o causa, ha causado que varios observadores consideren este enfoque muy limitado. Una consecuencia de la estructura sería la tendencia conservadora que niega la posibilidad de cambio. Aunque éste sigue siendo un problema sin resolver, quizá es importante admitir la diferencia entre la libertad del individuo hipotético (cuya mera existencia social equivaldría a limitar la libertad) y una sociedad de individuos libres, en la que la libertad sería resultado de la vida social entendida como una estructura de diferencias. O podríamos decir, más bien, que quizá los investigadores deberían empezar a explorar la idea de que, para parafrasear a Saussure, la sociedad es un sistema de libertades sin términos positivos. En esta interpretación, no existiría ninguna libertad esencial o sustancial, ninguna libertad encarnada en el individuo en estado natural.



NOTAS

1. Cfr. «Cada vez soy más consciente de la inmensa cantidad de trabajo que requiere mostrar al lingüista lo que está haciendo... la total insuficiencia de la terminología actual, la necesidad de reformarla y, para ello, demostrar qué tipo de objeto es el lenguaje, disminuyen continuamente mi placer en la filología», Ferdinand de Saussure, carta del 4 de enero de 1894, en «Lettres de F. de Saussure à Antoine Meillet», Cahiers Ferdinand de Saussure, 21 (1964), pág. 95, citado en Jonathan Culler, Ferdinand de Saussure, Ithaca, Nueva York, Cornell University Press, 1986, pág. 24.
2. Ferdinand de Saussure, Cours de linguistique générale, ed. de Tullio de Mauro, París, Payot, 1976, pág. 166. Ed. inglesa, Course in General Linguistics, trad. de Wade Baskin, Glasgow, Fontana/Collins, 1974, pág. 120.



PRINCIPALES OBRAS DE SAUSSURE

Cours de linguistique générale, ed. crítica de Tullio de Mauro, París, Payot, 1976.
Cours de linguistique générale, 2 vols., ed, crítica de Rudolf Engler, Wiesbaden, O. Harrassowitz, 1967-1974.
Curso de lingüística general, Madrid, Alianza, 1994.



OTRAS LECTURAS

BENVENISTE, Émile, «Saussure after half a century», en Problems in General Linguistics, trad. de Mary E. Meck, Miami Linguistics Series núm. 8, Coral Gables, Florida, University of Miami Press, 1971, págs. 29-40.

CULLER, Jonathan, Ferdinand de Saussure, Ithaca, Nueva York, Cornell University Press, 1986.

GADET, Françoise, Saussure and Contemporary Culture, trad. de George Elliott, Londres, Hutchinson Radius, 1989.

HARRIS, Roy, Reading Saussure: A Critical Commentary on the Cours de linguistique générale, Londres, Duckworth, 1987.

HOLDCROFT, David, Saussure: Signs, System and Arbitrariness, Cambridge, Cambridge University Press, 1991.